jueves, 22 de octubre de 2009

Cisma Anglicano

Con la noticias sobre la aceptación de los anglicanos a la comunión con el Vaticano, queremos hacer una reseña para que se tenga una noción clara de lo que esto significa, se trata de abrir toda puerta aún a costa de la misma Fe.

La Iglesia de Inglaterra surgió en 1531 tras el cisma provocado por la disputa entre el rey Enrique VIII con Roma a raíz de su divorcio de Catalina de Aragón, su primera esposa e hija de los Reyes Católicos de España. En 1531 el rey se hizo reconocer jefe de la Iglesia de Inglaterra mediante la promulgación de la denominada Acta Suprema que consagraba la separación de la Iglesia Anglicana de la obediencia del Papa.
Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547), en un principio lucho y rechazó las desviaciones de Lutero e hizo incluso un tratado sobre los siete sacramentos. En el interior de su pais, gobernó inicialmente consultando la Cámara de los Comunes y apoyó las artes. Así mismo, modernizó y transformó las estructuras feudales del reino y centralizó el poder en sus manos. Se anexionó Irlanda, de la cual se hizo coronar rey en 1541, unificó los territorios bajo su dominio y asimiló a Inglaterra el país de Gales; por último, ocupó Escocia, a cuyas tropas derrotó en la batalla de Flodden (1513) y en la campaña de Solway Moss (1542). La preocupación (o pasión?) por asegurar su sucesión lo llevaron a eliminar a los posibles pretendientes al trono y a buscar un descendiente varón, dado que de los seis hijos que le había dado Catalina sólo había sobrevivido María Tudor. Con este propósito, e influido por su pasión por Ana Bolena, solicitó el divorcio. Sin embargo, su esposa Catalina no quiso concedérselo y el Papa, no lo autorizó. Enrique VIII se revolvió entonces contra Roma y en 1533 rompió con el Vaticano. Mientras tanto, el Parlamento aceptó el divorcio y su matrimonio con Ana Bolena. Al año siguiente, el Acta de Supremacía consagró la escisión de la Iglesia Anglicana de la obediencia de Roma. En el año 1534 era nombrado jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra el mismo rey Enrique VIII. La ruptura supuso la disolución de las órdenes religiosas, la confiscación de los bienes eclesiásticos y la represión de los católicos, entre cuyas víctimas figuraron Tomás Moro y John Fisher. La situación, que había provocado la caída de Wolsey, llevó al monarca a aproximarse a Cromwell y Cramer, favorables a las tendencias protestantes. Tres años después de su matrimonio con Ana Bolena, ordenó su ejecución, acusada de infidelidad, y la sustituyó por Juana Seymour, que murió dejándole un hijo, el futuro Eduardo VI. A ella siguieron Ana de Clèves, a quien repudió en 1540, el mismo año de su matrimonio con ella, Catalina Howard, a la que hizo ejecutar, acusándola de infidelidad, tras divorciarse de ella, y Catalina Parr, quien le sobrevivió e influyó en su política de mayor tolerancia religiosa al final de su vida. Enrique VIII impulsó el desarrollo de la flota que haría de Inglaterra una potencia marítima, el comercio y la industria, merced a los ingresos que obtuvo procedentes de la venta de los bienes eclesiásticos secularizados. Su política económica no favoreció la producción agrícola ni al campesinado, sobre el cual recayeron pesadas cargas fiscales, al tiempo que la propiedad era afectada por el cercado de los campos. Los desequilibrios estructurales de la economía producidos durante su reinado no tardaron en afectar al sistema financiero, de lo que derivó una crisis que se prolongó en tiempos de sus sucesores.
Durante los siglos XVII y XVIII se difundió el Anglicanismo fuera de Inglaterra a favor de la expansión Maritimo-colonial. En el siglo XVIII , y del Anglicanismo nacen los Metodistas, inspirados en Wesley. En el siglo XIX y dirigidos por Nexman y como otra nueva escisión del Anglicanismo, surge el movimiento de Oxford. Tengamos por último en cuenta que no solo han surgido diferentes movimientos del Anglicanismo, sino que incluso dentro de esa misma Iglesia existe tendencias muy claras por la diversidad doctrinal: vemos en ella los "High Church" (Anglo-católicos); Los "Low Church (Evangélica); y los Modernistas. Por ello esta Iglesia Anglicana desde su invención se ha declarado a la vez católica, a la vez protestante y reformada.
Algunas Sectas anglicanas:.
-Metodistas.
-Ejercito de Salvación.
-Presbiterianos.
-Darbystas.
Invalidez de las Ordenes Anglicanas
Desde los tiempos de la Reforma era costumbre ordenar «absolutamente» a los sacerdotes anglicanos que se reconciliaban con Roma y deseaban participar en el sacerdocio. A finales del siglo XIX, sin embargo, se cuestionó la invalidez de dichas órdenes sin ningún otro rito sacramental. Se planteó la cuestión de si los anglicanos convertidos no podrían por lo menos ser ordenados «bajo condición», ya que cuando menos existía la duda de si sus órdenes eran válidas o no.
El papa consultó las opiniones de los teólogos y nombró una comisión para examinar el asunto: aunque algunos de sus miembros aceptaban la validez de estas órdenes, o por lo menos les parecía dudosa, la mayoría se pronunció a favor de su nulidad
Tras una reunión del Santo Oficio, el 16 de julio de 1896, que votó unánimemente en contra de la validez, el papa León XIII publicó la bula Apostolicae curae (13 septiembre 1896) condenando las órdenes anglicanas. La bula dejaba en claro la ruptura de la sucesión apostólica dentro de la Iglesia de Inglaterra, tomando como base dos temas: el defecto de forma y el defecto de intención; agregando el tiempo que transcurrió para que los mismos anglicanos intentasen corregir ese defecto, por lo menos un siglo. Se consideraba que el Ordinal del rey Eduardo VI de 1552 no transmitía el sentido sacramental del sacerdocio, ya que las palabras esenciales (la «forma») no expresaban el sentido de las órdenes: en el caso de los sacerdotes, el poder para ofrecer el sacrificio eucarístico; y en el caso de los obispos, la plenitud del sacerdocio, el grado más alto del sagrado ministerio. El segundo defecto residía en el hecho de que los consagrantes de Matthew Parker en 1559 no tenían la intención de «hacer lo que hace la Iglesia». Según el papa, «el carácter innato y el espíritu del Ordinal» muestran que no había tal intención y, además, los que lo usaban no podían haber tenido esta intención.

APOSTOLICAE CURAE
(FRAGMENTO) http://ar.geocities.com/magisterio_iglesia/leon_13/apostolicae_curae.html
Copiamos este fragmento de la encíclica del Papa León XIII para no dejar dudas acerca de la cuestión de la invalidez de las ordenaciones y consagraciones anglicanas.

LEÓN XIII

Sobre las ordenaciones anglicanas13 de septiembre de 1896“En el rito de realizar y administrar cualquier sacramento, con razón se distingue entre la parte ceremonial y la parte esencial, que suele llamarse materia y forma. Y todos saben que los sacramentos de la nueva Ley, como signos que son sensibles y que producen la gracia invisible, deben lo mismo significar la gracia que producen, que producir la que significan [v. 695 y 849]. Esta significación, si bien debe darse en todo el rito esencial, es decir, en la materia y la forma, pertenece, sin embargo, principalmente a la forma, como quiera que la materia es por sí misma parte no determinada, que es determinada por aquélla. Y esto aparece más manifiesto en el sacramento del orden, cuya materia de conferirlo, en cuanto aquí hay que considerarla, es la imposición de las manos, la que ciertamente por sí misma nada determinado significa y lo mismo se usa para ciertos órdenes que para la confirmación. Ahora bien, las palabras que hasta época reciente han sido corrientemente tenidas por los anglicanos como forma propia de la ordenación presbiteral, a saber: Recibe el Espíritu Santo, en manera alguna significan definidamente el orden del sacerdocio o su gracia o potestad, que principalmente es la potestad de consagrar y ofrecer el verdadero cuerpo y sangre del Señor en aquel sacrificio, que no es mera conmemoración del sacrificio cumplido en la cruz [v. 950]. Semejante forma se aumentó después con las palabras: para el oficio y obra del presbítero; pero esto más bien convence que los anglicanos mismos vieron que aquella primera forma era defectuosa e impropia. Mas esa misma añadidura, si acaso hubiera podido dar a la forma su legítima significación, fue introducida demasiado tarde, pasado ya un siglo después de aceptarse el Ordinal Eduardiano, cuando, consiguientemente, extinguida la jerarquía, no había ya potestad alguna de ordenar.Lo mismo hay que decir de la ordenación episcopal. Porque a la fórmula: Recibe el Espíritu Santo, no sólo se añadieron más tarde las palabras: para el oficio y obra del obispo, sino que de ellas hay que juzgar, como en seguida diremos, de modo distinto que en el rito católico. Ni vale para nada invocar la oración de la prefación Omnipotens Deus, como quiera que también en ella se han cercenado las palabras que declaran el sumo sacerdocio. A la verdad, nada tiene que ver aquí averiguar si el episcopado es complemento del sacerdocio o un orden distinto de éste; o si conferido; como dicen, per saltum, es decir, a un hombre que no es sacerdote, produce su efecto o no. Pero de lo que no cabe duda es que él, por institución de Cristo, pertenece con absoluta verdad al sacramento del orden y es el sacerdocio de más alto grado, el que efectivamente tanto por voz de los Santos Padres, como por nuestra costumbre ritual, es llamado sumo sacerdote, suma del sagrado ministerio. De ahí resulta que, al ser totalmente arrojado del rito anglicano el sacramento del orden y el verdadero sacerdocio de Cristo, y, por tanto, en la consagración episcopal del mismo rito, no conferirse en modo alguno el sacerdocio, en modo alguno, igualmente, puede de verdad y de derecho conferirse el episcopado; tanto más cuanto que entre los primeros oficios del episcopado está el de ordenar ministros para la Santa Eucaristía y sacrificio…Con este íntimo defecto de forma está unida la falta de intención, que se requiere igualmente de necesidad para que haya sacramento… Así, pues, asintiendo de todo punto a todos los decretos de los Pontífices predecesores nuestros sobre esta misma materia, confirmándolos plenísimamente y como renovándolos por nuestra autoridad, por propia iniciativa y a ciencia cierta, pronunciamos y declaramos que las ordenaciones hechas en rito anglicano han sido y son absolutamente inválidas y totalmente nulas…”
Aunque en estos años las distancias entre el Vaticano y anglicanos se han acortado, las diferencias entre ambos credos radican sobre todo en el misterio de la Eucaristía, el orden sagrado y la autoridad de la Iglesia. Posteriormente se ha añadido la aceptación de la ordenación presbiteral y episcopal de mujeres, la admisión a la comunión eucarística de divorciados vueltos a casar y la legitimidad moral de los métodos anticonceptivos. Aunque las iglesias anglicanas a lo largo de su historia, no se han caracterizado por una inclinación a las discusiones acaloradas ni a las declaraciones sobre moral sexual (de hecho, su clero ha sido libre, en todas partes, desde el siglo XVI, para contraer matrimonio, mantenerse célibe o vivir en soltería), dos hechos históricos, en la primera década del siglo XXI, han disparado el debate sobre la relación entre homosexualidad y cristianismo: La autorización para la bendición de las uniones entre personas del mismo sexo, por parte de la Diócesis de New Westminster, de la Iglesia Anglicana del Canadá, y la elección y consagración de Gene Robinson como Obispo de la Diócesis de New Hampshire, de la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos, puesto que Robinson había declarado oficialmente su condición homosexual ante su diócesis, antes de ser electo.

Extractos de la última declaración del Vaticano:
“Con la preparación de una constitución apostólica, la Iglesia católica está respondiendo a las numerosas peticiones que han sido presentadas a la Santa Sede por parte de grupos de clérigos y fieles anglicanos en distintas partes del mundo que desean entrar en comunión visible plena.
En esta constitución apostólica el Santo Padre ha introducido una estructura canónica que provee para dicha reunión corporativa, a través de la institución de ordinariatos personales que permitirán a los antiguos anglicanos entrar en comunión plena con la Iglesia católica preservando elementos del distintivo patrimonio espiritual y litúrgico anglicano. De esta manera, la constitución apostólica busca balancear, por un lado, la preocupación por preservar el valioso patrimonio litúrgico y espiritual anglicano y, por otro lado, la preocupación de que estos grupos y su clero sean integrados en la Iglesia católica.
La provisión de esta nueva estructura está en línea con el compromiso del diálogo ecuménico, que continúa siendo una prioridad para la Iglesia católica, particularmente a través de los esfuerzos del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. "La iniciativa procede de diferentes grupos de anglicanos", continuó Levada. "Han declarado que comparten la fe católica común expresada en el Catecismo de la Iglesia Católica, y que aceptan el ministerio petrino como algo que Cristo quiso para la Iglesia. Para ellos, ha llegado el tiempo de expresar esta unidad implícita en la forma visible de la comunión plena".
Según el cardenal Levada: "El Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, espera que los clérigos y fieles anglicanos que deseen la unión con la Iglesia católica encuentren en esta estructura canónica la oportunidad de preservar aquellas tradiciones anglicanas que para ellos son preciosas
Más aún, las muchas tradiciones presentes en la Iglesia católica hoy tienen todas sus raíces en el principio articulado por san Pablo en su Carta a los Efesios: "Un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo" (4, 5). Nuestra comunión es, así, fortalecida por esta legítima diversidad, y por eso estamos felices de que estos hombres y mujeres traigan con ellos sus contribuciones particulares a nuestra común vida de fe". Hasta aquí la declaración.
En ocasiones, han entrado también grupos de anglicanos, conservando una cierta estructura "corporativa". Esto ha sucedido, por ejemplo, en el caso de la diócesis anglicana de Amritsar en la India y de algunas parroquias en los Estados Unidos que, si bien mantienen una identidad anglicana, han entrado en la Iglesia católica en el marco de una "medida pastoral" adoptada por la Congregación para la Doctrina de la Fe y aprobada por Juan Pablo II en 1982. En estos casos, la Iglesia católica ha dispensado con frecuencia del requisito del celibato, admitiendo que los clérigos anglicanos casados que desean continuar el servicio ministerial como sacerdotes católicos sean ordenados en la Iglesia católica. (Fuente Zenit).

Cada uno puede sacar sus conclusiones, pues lo que vemos ahora realizarse ya se venía practicando desde 1982, con fundamento de “apostolado”, por Juan Pablo II. No hay nada nuevo bajo el sol, el Ecumenismo entreguista sigue triunfando en las políticas vaticanas, no es lo mismo estar unidos en un mismo pensamiento doctrinal y litúrgico que vivir juntos con distinto pensamiento sobre Dios y su Iglesia, además de inducir al error de recibir sacramentos de quienes no son sacerdotes. Quien quiera ver que vea.

martes, 29 de septiembre de 2009

SAN MIGUEL ARCANGEL Príncipe de la Milicia Celestial

Fiesta 29 de septiembre

En la lucha contra los poderes del mal, podemos dirigir ya desde ahora al Arcángel, la oración del exorcismo que León XIII insertó en el Ritual de la Iglesia Romana:
“Gloriosísimo Príncipe de la milicia celestial, San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha contra los principados, potestades, jefes de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos. Ven en auxilio de los hombres, que Dios hizo a imagen y semejanza suya y rescató a alto precio de la tiranía del demonio.
“La Santa Iglesia te venera como custodio y patrón; Dios te confió las almas de los rescatados para colocarlas en la felicidad del cielo. Pide al Dios de la paz que aplaste al diablo debajo de nuestros pies para quitarle el poder de retener a los hombres cautivos y hacer daño a la Iglesia. Ofrece nuestras oraciones en la presencia del Altísimo para que lleguen cuanto antes las misericordias del Señor y para que el dragón, la antigua serpiente que se llama diablo y satanás, sea precipitado y encadenado en el infierno, y no seduzca ya jamás a las naciones. Amén.”

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sed nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y Tú, ¡oh Príncipe de la Milicia Celestial!, arroja al infierno con el divino poder, a satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

Sancte Michael Archangele, defende nos in praelio. Contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur. Tuque princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo divina virtute in infernum detrude. Amen.

martes, 15 de septiembre de 2009

Regina Martyrum

"El martirio de la Virgen ciertamente (que entre las estrellas de su diadema, si os acordáis, nombramos la duodécima) está expresado así en la profecía de Simeón como en la historia de la pasión del Señor. Está puesto éste, dice Simeón al párvulo jesús, como blanco, al que contradecirán, y a tu misima alma (decía a María) traspasará la espada. Verdaderamente, ¡oh madre bienaventurada!, traspasó tu alma la espada. Ni pudiera ella penetrar el cuerpo de tu hijo sin traspasarla. Y, ciertamente, después que expiró aquel tu Jesús (de todos, sin duda,pero especialmente tuyo) no tocó su alma la lanza cruel que abrió (no perdonándole aun muerto, a quien ya no podía dañar) su costado, pero traspasó seguramente la tuya. Su alma ya no estaba allí, pero la tuya, ciertamente, no se podía de allí arrancar. Tu alma, pues, traspasó la fuerza del dolor, para que no sin razón te prediquemos más que mártir, habiendo sido en ti mayor el afecto de compasión que pudiera ser el sentido de la pasión corporal.
¿Acaso no fue para ti más que espada aquella palabra que traspasaba en la realidad el alma que llegaba hasta la división del alma y del espíritu: Mujer, mira tu, hijo? .i Oh trueque! Te entregan a Juan en lugar de Jesús, el siervo en lugar del Señor, el discípulo en lugar del Maestro, el hijo del Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, un hombre puro en lugar del Dios verdadero. ¿Cómo no traspasaría tu afectuosísima alma el oír esto, cuando quiebra nuestros pechos, aunque de piedra, aunque de hierro, sola la memoria de ello? No os admiréis, hermanos, de que sea llamada María mártir en el alma. Admírese el que no se acuerde haber oído a Pablo contar entre los mayores crímenes de los gentiles el haber vivido sin tener afecto. Lejos estuvo esto de las entrañas de María, lejos esté también de sus humildes siervos. Mas acaso dirá alguno: ¿Por ventura no supo anticipadamente que su Hijo había de morir? Sin duda alguna. ¿Por ventura no esperaba que luego había de resucitar? Con la mayor confianza. Y a pesar de esto, ¿se dolió de verle crucificado? Y en gran manera. Por lo demás, ¿quién eres tú, hermano, o qué sabiduría es la tuya, que admiras más a María compaciente que al Hijo de María paciente? El pudo morir en el cuerpo, ¿y María no pudo morir juntamente en el corazón? Realizó aquello una caridad superior a toda otra caridad; también hizo esto una caridad que después de aquélla no tuvo par ni semejante." San Bernardo, Sobre las doce prerrogativas de la Bienaventurada Virgen Maria.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Santísimo Nombre de Maria

Et Nomen Virginis Maria

"Y el nombre de la virgen era María. Digamos también, acerca de este nombre, que significa estrella de la mar, y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción. Se compara María oportunísimamente a la estrella; porque, así como la estrella despide el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya dió a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella su claridad, ni el Hijo a la Virgen su integridad. Ella, pues, es aquella noble estrella nacida de Jacob, cuyos rayos iluminan todo el orbe. cuyo esplendor brilla en las alturas y penetra los abismos; y, alumbrando también a la tierra y calentando más bien los corazones que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los vicios. Esta misma, repito, es la esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar grande , espacioso, brillando en méritos, ilustrando en ejemplos.



¡Oh!, quienquiera que seas y te sientas arrastrado por la impetuosa corriente de
este mundo, náufrago de la galerna y la tormenta, sin estribo en tierra firme,
no apartes tu vista del resplandor de esta estrella si no quieres ser oprimido
de las borrascas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en
los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella. invoca a María. Si eres
agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si
de la emulación, mira a la estrella, invoca a María. Si la ira, o la avaricia, o
el deleite carnal impele violentamente la navecilla de tu alma, vuelve los ojos
a María. Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a
vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio,
comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la
desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas,
piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de
tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de
los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si
la ruegas, no erras si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no te
corromperás; si te protege, no temes; si Ella es tu guia, no te fatigarás; si
ella te ampara, llegarás felizmente al puerto; y así, en ti mismo experimentarás
con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la virgen era María..." (San Bernardo, super missus est.")
Historia

Ocho días después del nacimiento de la Virgen, sus padres le impusieron el nombre de María. La liturgia, que ha fijado algunos días después de Navidad la fiesta del santo nombre de Jesús, ha querido instituir también la fiesta del santo nombre de María poco después de su Natividad. Celebrada primero en España, esta fiesta fué extendida a toda la Iglesia por el papa Inocencio XI, en 1683, para agradecer a María la victoria que acababa de ganar Juan Sobieski, rey de Polonia, contra los turcos, que asediaban a Viena y amenazaban a Occidente.

El nombre hebreo de María, en latín Domina, significa Señora o Soberana; y eso es ella en realidad por la autoridad misma de su Hijo, soberano Señor de todo el universo. Gocémonos en llamar a María Nuestra Señora, como llamamos a Nuestro Señor Jesucristo; pronunciar su nombre es afirmar su poder, implorar su ayuda y ponernos bajo su maternal protección.El hecho de que la Santísima Virgen lleve el nombre de María es el motivo de esta festividad, instituida con el objeto de que los fieles encomienden a Dios, a través de la intercesión de esta Santa Madre, las necesidades de la Iglesia, le den gracias por su omnipotente protección y sus innumerables beneficios, en especial los que reciben por las gracias y la mediación de la Virgen María.

sábado, 22 de agosto de 2009

El Temor de Servir



Desde el Pecado de Adán y Eva el temor de servir es una constante. Así como en las mediciones de la física o de la química se dan efectos constantes, sucede de manera similar en la conducta moral de los hombres. Digo conducta moral porque de eso se trata. Cuando los actos de un hombre no son automáticos, inconscientes o indeliberados, son entonces lo contrario, aquí son actos humanos, actos morales, actos buenos o malos, meritorios o nó, dignos de premio o de castigo.
Antes del Pecado Original el hombre no calculaba. Era feliz y dichoso haciendo la voluntad de Dios, por eso básicamente su paraíso era un paraíso de delicias, porque todo era bueno, bueno él y sus acciones, buenísimo Dios quien era Autor de toda esa bondad y que se complacía en el hombre a quien había creado.
El Pecado Original modificó esta honda disposición del alma del hombre y con ella la de todas las almas. Si el hombre antes era todo inocencia, con aquella falta primigenia generáronse en él las disposiciones contrarias, el ojo puro conoció la picardía, la curiosidad y la lascivia; el corazón recto concibió el doblez y el engaño; el valor ensayó sus primeras cobardías; el tesón, el esfuerzo, la virilidad y la reciedumbre claudicaron, a veces mucho, a veces poco, ante la pereza, la blandura y la comodidad.
Desde el Pecado Original nada grande puede hacerse sin esfuerzos, porque el pecado, revolviéndolo todo, lo apartó de su meta originaria. Si todo debía dirigirse a Dios, al apartarse de Dios por el pecado, ya no supo a dónde dirigirse y en su marcha errante fueron las creaturas proponiendo sus convites, sus atractivos, sus aparentes felicidades y aún lo siguen haciendo no permitiendo al hombre que vea a su Creador. Así cobra pleno entendimiento aquella frase divina del Salvador “Quien quiera venir en pos de Mi niéguese a si mismo” (S. Mateo XVI, 24). Si miramos bien la frase ella tiene dos partes. La segunda “niéguese”, que es un imperativo, una orden del Salvador y, por lo mismo, algo ineluctable, inevitable, necesario si hemos de seguirle. La primera “quien quiera venir…”, que a todas luces parece considerar la voluntad del hombre, la libertad de la creatura, la grandeza de alma del alma que la escucha.
Salvarse es un imperativo (“Quien no creyere ni se bautizare se condenará”, S. Marcos XVI, 16).
Seguir a Dios de más cerca, breve, servirlo, no siempre es una orden sinó que, las más de las veces es una invitación.
Dirán algunos: - Si es invitación, la invitación no es obligación.
Contestemos con una frase del Divino Salvador. Cuando Nuestro Señor terminó su sermón sobre el Pan Vivo bajado del Cielo (S. Juan VI, 58) muchísimos de sus oyentes le dejaron, tanto es así que vuelto a sus discípulos les dijo estas palabras: “¿Acaso también vosotros queréis iros?” (S. Juan VI, 67). La pregunta del Rey de los Mártires no expresaba una orden pero ¿Acaso no expresaba su voluntad, lo que Él quería y ansiaba, la más ardorosa voluntad de que sus discípulos no le fallaran? Que lo niegue quien quiera ser blasfemo.
Cuando los hijos del Zebedeo fueron con su madre a pedir a Nuestro Señor sentarse cerca suyo en su reino, Cristo les mandó algo o sólo preguntó: “¿Podéis beber el Cáliz que Yo he de beber?” (S. Mateo XX, 22).
¿Qué contestaron ellos?: “Possumus!” “¡Podemos!”.
No es lo mismo que decir ¿Os atrevéis, y esperar justamente ese atrevimiento, ese valor y esa entrega?
Con ese argumento falacioso de que la invitación no obliga, más de uno faltó a las Bodas del Cordero.
Si la Patria estuviera en guerra, (y quizás lo está) y una guerra terrible, cruenta, generalizada ¿Podría decirse “si me convocan voy”?
Es cierto que Dios invita “He aquí que estoy a la puerta y golpeo, si alguien quisiera abrirme la puerta entraré a él y cenaré con él” (Apoc. III, 20); “Si quieres ser perfecto, va vende lo que tienes dalo a los pobres y sígueme” (S. Mateo XIX, 21); pero igual o más cierto es también que está esperando que lo sigan y que el convite se haga realidad sinó no hubiera puesto aquel detalle el Evangelista: “Jesús, pues, mirándole quedó prendado de él y le dijo una cosa te falta, ve vende lo que tienes y dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme” (S. Marcos X, 21).
¿Qué lo prendó? ¿No está Dios prendado de todos?
Dos cosas lo prendaron:
- La virtud “guardé todo eso desde mi juventud” (San Marcos X, 20).
- El deseo “¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?” (S. Marcos X, 17).
“¿Qué he de hacer? Dime qué haga.” Aquí no es la virtud sinó la generosidad. Eso prenda a Dios, la grandeza de darse que ciertamente nó todos tienen, que también ciertamente fue Dios quien la puso en las almas y que espera Dios que los hombres que la tienen la usen. Por eso aquél “¿Podéis?” (S. Mateo XX, 22) a San Juan y Santiago que contestó el viril “¡Podemos!” de los Santos.
El servicio de Dios no depende de lo que cada quien necesita sinó de lo que Dios quiere y necesita para las almas. Si uno piensa en si mismo nunca se le hará atractiva la guerra. Es más, la guerra no es atractiva ni lo será nunca. Pero cuando ella es una necesidad imperiosa, cuando principios superiores están en juego, cuando los intereses propios son nada comparados a los de la Patria o los de la Santa Iglesia, entonces sería mezquindad y mezquindad grave el querer ocuparse sólo de lo propio esperando que aparezcan valientes desde otra parte para defender lo nuestro. Nada es tan nuestro como nuestra Fe, nuestra Religión o nuestra Patria.
La gente piensa que no es grave que destruyan la Fe, la Iglesia, la Religión. Fe, Iglesia y Religión no son conceptos sinó realidades que sí expresan los conceptos y los términos que usamos; Jesucristo nuestro Señor fundó a la Santa Iglesia, estableció nuestra Religión, nos enseñó la Fe, murió para refrendar todo eso con su Sangre de valor infinito. ¿Estimaríamos poca cosa lo que Él valuó al precio de su Vida? Malos negociantes seríamos pagando mucho lo poco y poco lo mucho, estimando lo que Dios desprecia y despreciando lo que Él quiere y espera. Sin embargo, así van los hombres desde la expulsión del Paraíso Terrenal con sus cortejos de ambiciones y placeres. Pareciera como si Dios y su Hijo y el Cielo todo no merecieran lo que una esposa, aún buena, o una meretriz barata. Todos quieren para si el amor que sienten merecer y que no son capaces de brindar a Dios.

¿Por qué los hombres no dan la vida a Dios?
Ya lo contestó nuestro Señor (S. Lucas XIV, 15 y ss.) en aquella parábola de los fallidos invitados a la gran Cena. Tres fueron las razones para no asistir, tres las que esgrimen los hombres para no servir a Dios: “Villam emi, juga boum emi quinque, uxorem duxi”, a saber “compré un terreno (un lugar, una casa), compré cinco yuntas de bueyes, me casé o voy a casarme”.
O son las propiedades; o lo que uno pone en ellas (desde el auto hasta el título profesional; las comodidades, lo placentero, el dinero y lo que él consigue); o las mujeres, y esto, desde un dignísimo matrimonio cristiano hasta las peores infamias.
Lo mismo entendió San Juan, el discípulo que más conoció el Corazón de Cristo, al decir con toda claridad (I S. Juan II, 16): “Todo lo que está en el mundo es concupiscencia de la carne (los placeres), concupiscencia de los ojos (las vanidades) y soberbia de la vida (el afán de poder, de mandar, de decidir) que no es del Padre sinó del mundo. El mundo pasa y su concupiscencia. Quien hace, en cambio, la voluntad de Dios permanece para siempre”.
Van corriendo los hombres en pos de lo que pasa y abandonando lo que permanece. ¿Por qué? Por el atractivo de los bienes inmediatos reales o aparentes. No mira el hombre la eternidad sinó la temporalidad en la que parece sumergido, por eso prefiere el placer cercano o el goce contemporáneo; por eso mira la belleza que se le cruza en el camino y no piensa en la esposa o en los hijos que le aguardan; por eso las cautiva más la vanidad de querer ser siempre jóvenes y atractivas en vez de pensar en ser buenas y salvarse.
Faltan todavía un par de razones que antes no valían mucho porque el mundo era cristiano: El respeto humano y las ideas falaces.

El respeto humano.
Antes la gente miraba bien que alguien fuera Monje, Sacerdote o Religioso. Es más, en una época fue ideal de las familias patricias tener un hijo militar y uno sacerdote. Hoy la gente, al menos muchos, miran al sacerdote y al hombre de armas con desdén, con desprecio o con indiferencia, fruto sin duda de una propaganda irreligiosa y antipatriótica que ya es de vieja data; y de tantos escándalos y malos ejemplos que el clero viene dando desde hace varias décadas. El clero quiso casarse con el mundo, con sus ideas y costumbres y lo logró pero al precio de los desórdenes y las inmoralidades y sin lograr convertirlo. El clero se hizo mundano sin que el mundo fuera cristiano. Era evidentísimo, no se es sacerdote para hablar, vivir y vestir como lo hacen los hombres del mundo; se es sacerdote para enseñar virtudes, erradicar vicios, señalar errores, enseñar la verdad, dar, y esto sobre todo, el ejemplo de una vida íntegra que plasma en la conducta lo que enseñan los sermones. “Todo el mundo está asentado en el Maligno” (I San Juan V, 19); “No queráis amar al mundo ni aquellas cosas que hay en el mundo” (I San Juan II, 15). ¿No merecería un tal clero aquel apóstrofe del Apóstol Santiago? “Adúlteros, no sabéis que la amistad de este mundo es enemiga de Dios. Quien quiera hacerse amigo de este mundo se constituye enemigo de Dios” (Santiago IV, 4).


Las ideas falaces.
Digo yo las ideas que alguien pone en boga, que repiten otros hasta el cansancio, o las canciones, o los medios de difusión, o los malos educadores y que la gente, a veces los mismos cristianos, dicen y dicen como si fueran verdades innegables y hechos irreversibles.
“Tengo derecho a ser feliz”; “Casarse no es pecado”; Dios no pide a todos lo mismo”; “No se puede ir contra la corriente”; “La crisis es demasiado grande”; y cuántas más.
Uno no es feliz haciendo lo que quiere sinó lo que Dios quiere, sería absurdo que Dios, Sumo Bien, quisiera algo que no fuera bueno para nosotros; es más, que definitivamente debe ser lo mejor. Si la vida corta que hemos de vivir ha de juzgarse por la eternidad a alcanzar seríamos soberanamente felices haciendo lo que más nos allane el camino para el Cielo. Por cierto que casarse no es pecado sinó Nuestro Señor no hubiera bendecido con su presencia y su milagro aquella Boda de Caná, pero también es ciertísimo aquello de San Pablo: “Bien quisiera que todos fueseis como Yo” (I Cor. VII, 7).
No sólo sí se puede sinó que se debe ir contra la corriente. Las cosas no han de ser necesariamente como las quiere el mundo sinó como Dios las quiso y las pensó al crearlas, sinó todos los Mártires hubieran incensado a los dioses de aquellos Imperios moribundos.
La crisis es grande. Justamente por la maldad de algunos, por la ignorancia de muchos, por la cobardía generalizada de los que no quieren pelear un combate visiblemente desigual como el de David y Goliat o aquél de Teodosio Emperador que contestó virilmente ante la amenaza de un enemigo mucho más numeroso y antes de triunfar: “Prefiero creer en la debilidad de Cristo antes que en la fuerza de Hércules”.
Los hombres se han apocado en su Fe, al hacerlo diluyeron su vida cristiana y por eso languidecen de cobardía y comodidad.
Sobre esta tierra no hay Iglesia Católica que no sea militante. Combatir es ley cristiana en este tiempo efímero que nos toca vivir.
Piensen los hombres lo que hacen. El argumento es fácil para excusarse pero ¿Dice lo mismo la conciencia en la soledad y en el silencio? ¿Mirarán sin temor al Cristo que los juzgará los que no tuvieron tiempo para Dios?
Debe el hombre sobrepujarse a si mismo. Muchas veces el valor no es optativo sinó necesario y en estas épocas resuenan clarinadas que llaman al heroísmo ante las vejaciones que sufre la Iglesia, ante las almas que languidecen sin sacerdotes ejemplares, ante un clero mediocre y vergonzoso en el mejor de los casos.
Parece difícil. Claro que lo es, sinó no hablaríamos de valores y de entregas. Cerremos nuestros labios y detengamos nuestra pluma con aquella frase de un gran hombre y de un gran Santo: “Pudeat sub spinato capite membrum fieri delicatum” “Avergüéncese bajo una Cabeza coronada de espinas un miembro que se hace delicado” (San Bernardo).

Agosto 18 del 2009.

+ Mons. Andrés Morello.