lunes, 5 de abril de 2010

Lo Natural, lo Digno, lo Degenerado

Se sienten ya las campanadas de la Pascua rompiendo el silencio sepulcral de la Pasión Cristo. La Sangre del Calvario y de la Sagrada Víctima alcanzó, en aquél supremo acto de amor y de dolor, la Redención posible de toda alma. La Redención posible, ese es el terreno en que se pasa toda la vida, en que los hombres le disputan a Dios o nó el señorío sobre sí mismos.
Todo hombre fue creado para el Cielo, teniendo de Dios cuanto le pueda ser necesario para salvarse. En la vida de cada hombre, de las naciones, de las civilizaciones y del mundo queda plasmada la agradecida y serena aceptación de aquella Sangre redentora o su orgulloso rechazo. A eso queda reducida toda la historia humana, a besar las huellas del Cordero de Dios o a escupir su rostro como aquellos que quisieron su muerte.
Estamos en cercanías del Calvario redentor y de la Pascua verdadera. En esas cercanías se enrarece el ambiente de las noticias con casos escandalosos de sacerdotes, en varias partes del mundo, de moral degenerada.
La prensa disfruta del espectáculo de ver por tierra a quienes habrían de vivir y defender la virtud, de quienes personal e institucionalmente deberían atacar siempre los postulados del mundo.
¡Asombrosa es la rareza! Se queja indignado el mundo de que esos sacerdotes hagan los pecados que hace el mundo y que el mundo defiende. El mundo pide las libertades más amplias para las inmoralidades más degradantes que puedan concebirse a la vez que denigra a los sacerdotes inmorales y degradados porque hicieron esas inmoralidades.
Arrinconada por lo penoso y vergonzoso del espectáculo y por la burla social ¿Qué hace la Iglesia Oficial? Le pide perdón al mundo. Perdón al mundo en vez de pedirlo a Dios. Le pide perdón al mundo que propugna, defiende y propaga esos vicios, porque sus sacerdotes hicieron lo que el mundo hace.
¿Qué le ha pasado a ese Clero? Los siglos de la historia han enseñado siempre la misma verdad: Cada vez que disminuyó la marca en el termómetro de la Fe y del fervor religioso, inversamente creció el del paganismo y sus lacras. Esa es la realidad contemporánea.
Pero ¿Y el Clero? ¿No habrá de ser distinto en él? Claro que sí, a no ser que las órdenes fueran otras y sí lo fueron.
Desde Vaticano II (1964) la cantinela es la de la apertura al mundo. Esa es la diferencia. La Santa Iglesia siempre combatió los postulados del mundo y sus malas costumbres, siempre quiso convertirlo pero no en la pista de baile. Desde Vaticano II se implantó la costumbre de mundanizar al Clero para que el mundo no lo rechazara. “-Dejen la sotana y con ella la modestia religiosa; ya no haya distancias en el trato; ablanden las Reglas que les hacían llevar una vida más sufrida como sufrida fue la de Cristo; diarios, televisión, cine e internet porque hay que estar informado (aunque diga la Sagrada Escritura: “No hay nada nuevo bajo el sol”, Ecles. I, 10) y aunque el saber lo malo muchas veces induzca a hacerlo. Decía San Bernardo que saber lo malo no es saber sinó ignorar.
Pusieron al Clero en el pantano y a dar brazadas; ahora huele, apesta y descompone.
Vayamos a los principios.
Todo está encerrado en la aceptación o en la negación del Pecado Original. Si no lo hubo todo es bueno, nada es malo, nada peligroso, no hay pasiones en desorden ni inclinaciones que haya que corregir; si en cambio sí lo hubo razón de más tuvo la Santa Iglesia de formar las virtudes en su Clero y mantenerlas en él con las prácticas y la disciplina de la vida sacerdotal y religiosa.
Aquí llegamos al título de este artículo: Lo Natural, lo Digno, lo Degenerado.
Lo Natural. Ya no hay natural en el hombre como salió de las manos de Dios. El Pecado Original no destruyó nuestra naturaleza como lo quiso Lutero pero sí la hirió, la degradó, le dejó inclinaciones que no son las de Dios (“Siento en mis miembros una ley contraria a la Ley de Cristo”, Rom. VII, 23); la privó de aquellos Dones gratuitos del Paraíso Terrenal (la inmortalidad, la ciencia infusa, el control de las pasiones) y la dejó herida en sus capacidades naturales (la ignorancia en la inteligencia, el desorden en las pasiones, la enfermedad y el cansancio en las fuerzas físicas, la voluntad debilitada para el bien).
Desde el pecado original ser bueno no es imposible pero supone lucha y esfuerzo (“Yo reduzco mi cuerpo a servidumbre”, I Cor. IX, 27; “Si alguien quiere venir en pos de Mi niéguese a si mismo”, S. Mt. XVI, 24). De allí que si la sociedad en la cual se mueve el hombre le ofrece un ambiente insalubre en su moral y lleno de malas ocasiones tanto más difícil será ser bueno aún valiéndose de los medios de la Gracia y del esfuerzo del combate cristiano.
¿Qué sucedería si quitáramos importancia a ese combate y la eficacia a los medios sobrenaturales?
No se vería la inmoralidad como un peligro, ni la ocasión como un riesgo, ni las armas servirían aún en el caso de usarlas.
Esto no es más que una foto del panorama actual de la Iglesia Oficial. Le dijeron al hombre y a su Clero: “- Tus inclinaciones son naturales, el mundo es bueno no le temas ni te apartes, tienes que estar informado, válete de los medios modernos que te ofrecen, tu también eres del mundo, vive como él, la maldad no está en la cosa, ni en la moda, ni en la costumbre sinó en la intención que tu pongas”.
Han hecho con el cristiano y sobremanera con los sacerdotes y los religiosos, y esto durante los últimos cincuenta años, lo mismo que han hecho en ciertas democracias contemporáneas que parecen hacer todo lo posible para sucumbir: La destrucción y reducción sistemática de sus ejércitos. ¿Por qué decimos esto? ¿Por afán militarista? No señor, por sentido común. Todo cuerpo tiene anticuerpos que le defienden de los agentes patógenos y enfermantes que pueden atacarle. No atacar es ser pacífico, pero no defenderse o no estar preparado para hacerlo es suma imprudencia. No se trata de defenderse de la maldad del vecino, quien puede ser bueno, sinó de aquél que eventualmente puede ser malo como toda la historia de los hombres lo enseña. Los países menos beligerantes de la tierra, como Suiza, tienen ejércitos eficaces, suficientes y bien pertrechados. ¿Qué buscamos decir? Buscamos poner un ejemplo entendible que podamos aplicar a nuestro tema. Vayamos a él.
¿Qué cualidades debe reunir un buen soldado?: Instrucción (en su inteligencia para saber su oficio); Ejercicio (saber ejecutar eficazmente lo aprendido); Vigilancia (de nada serviría lo anterior si el ataque le sorprendiera sin estar en guardia “cuando el hombre fuerte armado cuida su casa entonces están en paz las cosas que posee, si alguien más fuerte llegare y le venciere y le quitare las armas en las cuales confiaba entonces repartiría sus despojos”, S. Lc. XI, 21.22); Carácter (las virtudes que lo hacen recio y que rigen el uso de las armas).
Las mismas cualidades valen para el varón cristiano y sobretodo para el Clero, nó por nada dijo el Patriarca Job “la vida del hombre sobre la tierra es milicia”, Job VII, 1: Instrucción en la Fe y Doctrina verdaderas que por oficio debe saber y enseñar (“Id y enseñad a todas las gentes”, S. Mt. XXVIII, 19); Ejercicio de las Virtudes que hacen y mantienen cristiano al hombre no permitiéndose nada que pudiera apartarlo de Dios (“no queráis amar al mundo ni nada de lo que hay en él” I S. Juan II, 15; Vigilancia, estar en guardia contra el error y las ocasiones malas “vigilad no entréis en tentación…porque la carne es flaca” S. Mc. XIV, 38); considerar que entre los hombres los hay buenos, frágiles y malos. No hay nada cristiano en las costumbres que enseña el cine y la televisión, nada modesto en las modas que inundan las ciudades, los solteros se portan como esposos y los esposos como solteros, los gobiernos dejan matar niños y olvidarse de los mayores, la única moral es la moral impositiva aunque los impuestos provengan de los lugares indecentes; ya no hay lugares indecentes si el Estado puso su sello de aprobación, no importa cual sea el sujeto o el objeto del placer aunque sea el mas aberrante; Carácter que es la reciedumbre necesaria para defender el bien de Dios, de su Iglesia y de las almas y sobreponerse a sí mismo ya que todo hombre carga el lastre del Pecado Original que juega a hacerle traición. Todo esto resumido hace lo Digno que es ser según Dios o lo Degenerado que es despreciar su Ley. Cuando el hombre no busca ser bueno ya no cae en las faltas de los hombres sanos sinó en la corrupción de los degenerados.
Los escándalos actuales de tantos sacerdotes malos no son algo insólito entre los hombres del mundo sinó la moneda corriente. ¿Qué podemos esperar de ciudades en las que los hombres se casan con los hombres? Peor, ciudades en las que dicen que eso es un derecho tan grande como casarse como Dios manda. Las ciudades contemporáneas pululan de vicios que hasta da pudor nombrarlos.
El mundo odia a los sacerdotes de sotana y de vida austera, reniega de los que le señalan sus desvíos y de los que le enseñan una vida casta.
Ese mismo mundo se rasga las vestiduras ante la conducta degradada de sacerdotes caídos en los desvíos a los que el mundo quiere dar derecho, como si les dijera: “¡Inmundos, hacéis lo mismo que nosotros!”.
No es al mundo a quien hay que pedir perdón sinó a Dios por haber permitido e inducido tamaña degradación en los sacerdotes y religiosos. Les quitaron la instrucción, las virtudes, el celo y las armas y lloran ahora sus derrotas.
El Clero contemporáneo, sus sacerdotes y obispos no son más que un efecto natural de la destrucción sistemática y voluntaria de nuestra religión que ellos mismos hicieron, unos por indolencia y comodidad, otros por diabólica maldad.
Sólo el regreso inapelable a la verdadera Doctrina, a la Misa y Sacramentos de siempre, a la conducta intachable y virtuosa, a la vida de oración y a la oposición diametral a lo que el mundo quiere puede permitir que haya sacerdotes buenos y confiables (“porque no sois del mundo”, S. Juan XV, 19).
Esto es imposible de suyo dentro del ámbito de la misa nueva, de Vaticano II y sus reformas, ellos mismos no quieren las armas del Clero que ellos mismos destrozaron.
La corrupción cesa cuando cesan sus causas. Esto no es enfermedad de algunas células sinó una infección generalizada de un organismo débil que no quiere usar los remedios adecuados.
En las cercanías de la Pascua no pidamos imposibles. No pidamos que se comporte bien el Clero modernista. No podría hacerlo con males y sin remedios. Pidamos que cese el modernismo que como virus infeccioso todo lo que toca lo contagia. Sólo los medios que mantuvieron en pié dos mil años al sacerdocio pueden seguir haciéndolo, el resto es ilusión.
Santas Pascuas.

Patagonia Argentina, abril 2 del 2010.
+ Mons. Andrés Morello.

jueves, 1 de abril de 2010

Jueves Santo, fiesta de la institución del Sacerdocio Católico

La dignidad del sacerdocio católico
(por San Alfonso María de Ligorio)
San Ignacio, el mártir, dice que el sacerdocio es la cumbre de todas las dignidades que puedan existen en este mundo. Y san Efrén subraya:"Es un milagro admirable la inconmensurable dignidad sacerdotal". Bartolomé Caneo escribe apoyándose en San Agustín:"Oh sacerdote de Dios. Si contemplas lo alto del cielo, más elevado eres tú... si contemplas la sublimidad de los señores terrenos, más sublime eres tu; sólo eres inferior a tu Creador”.
San Crisóstomo, recordando las palabras de Jesús:"Quién los escucha a ustedes, me escucha a mí", escribe:"Quien honra al sacerdote, honra a Cristo y quien injuria al sacerdote a Cristo injuria". Los sacerdotes son los dispensadores de las gracias divinas, son colaboradores de Dios. Por eso declara San Máximo de Torino que el juicio del cielo está sometido a la voluntad del sacerdote porque ”el señor obedece al siervo y todo lo que aquel indica aquí abaja, lo cumple aquel arriba", se atreve escribir San Juan Crisóstomo.
Si bajase el redentor mismo a su Iglesia y se sentaría en el confesionario para perdonar los pecados diría Jesús:"Yo te absuelvo", y si estuviese sentado un sacerdote en el confesionario al lado también diría":Yo te absuelvo", y ambos penitentes serían perdonados de la misma manera". ¡Qué honor sería si el jefe de gobierno le diese a alguien el poder de sacar de la cárcel a quien quiera! Pero más grande es el privilegio y el poder que el Padre le ha dado a Cristo y este a los sacerdotes de liberar a las almas del poder del infierno como dice san Crisóstomo:"Todo juicio del cielo les ha sido entregado".
Por eso podemos comprender que San Ambrosio afirma sin dudar:"No hay en este mundo nada que sea más elevado." O para utilizar las palabras de San Bernardo:" A ustedes los sacerdotes el Señor los ha puesto por encima de reyes y emperadores, encima de los mismos ángeles". Continúa diciendo San Pedro Damiani:" Los ángeles están al lado de los que ellos guardan y esperan la palabra del sacerdote; ni uno de ellos tiene el poder de atar o desatar". Se cuenta una historia de los tiempos de San Francisco de Sales. Éste había ordenado sacerdote a un joven clérigo. El santo había observado antes cómo llegado a la puerta el joven solía siempre pararse como quien cede el paso a alguien. Después de la ordenación vio que ya no cedía al paso. San Francisco le preguntó al joven sacerdote al respecto y éste le respondió:"Tengo el privilegio de ver continuamente a mi ángel de la guarda. Este siempre caminaba a mi derecha y delante de mí. Pero después de mi ordenación sacerdotal el ángel camina a mi izquierda y ya no quiere pasar delante de mí por la puerta". Algo similar enseña San Francisco de Asís: "Si veo al mismo tiempo a un sacerdote y a un ángel, saludaría primero al sacerdote y luego al ángel."
Muchos santos se animan hasta a decir que el poder del sacerdote es mayor que el de la Virgen María. San Bernardino de Siena escribe:"Bendita Virgen María, no quiero hablar en contra tuyo; perdóname, si digo: el Señor ha elevado al sacerdocio más que a ti porque el sacerdote puede llamarte a estar presente en este mundo en la consagración cuantas veces quiere mientras que tú tenias que esperar que se haga la voluntad de Dios".

viernes, 26 de marzo de 2010

POR QUE DEBEMOS HONRAR A MARIA DOLOROSA

Todo nos invita a la devoción hacia María.
En la Trinidad augusta, el Padre la hizo su criatura primogénita, el Hijo la eligió como Madre, el Espíritu Santo, su Esposa. La Iglesia eco fiel de la voz de Dios, no hace mas que inculcarnos esta saludable devoción y la piedad cristiana ha respondido a sus llamados multiplicando en cien y mil maneras las demostraciones de su amor, de su obsequio a la Virgen Reina. Pero de todas las devociones a María, tiene mas excelencia la que la considera en sus dolores, Corredentora del género humano.



I. Dios ha estampado en nuestro corazón un sello de su bondad por el cual naturalmente nos sentimos inclinados a compadecer al que sufre.
Contemplemos a María; ¿quién ha sufrido más que Ella? Su dolor se asemeja según el profeta Jeremías, a un mar del cual no se ven los límites ni la profundidad, y San Bernardino de Sena ha escrito, que, si ese dolor se hubiese repartido entre todos los hombres, cada uno tendría tanto como para morir. Además, entre los que sufren, nos mueven más fácilmente a compasión los inocentes y los que padecen con paciencia y resignación. ¿Quién más inocente que María? ¿Ella toda Santa e Inmaculada?¿Quien ha dado pruebas de la más invicta fortaleza, soportando los más acerbos dolores sin exhalar un lamento, Antes, sometiendo en todo a la Voluntad de Dios que la hería? ¡Oh! Ciertamente, no puede dejar de conmover nuestros corazones una criatura tan grande, tan inocente, y al mismo tiempo, tan abismada en un inmenso piélago de dolor. Sin embargo, no es raro encontrar cristianos, que inclinados a conmoverse con el relato de dolores imaginarios permanecen insensibles ante el dolor de María. A estos con cuanta razón podría repetir la Virgen, aquellas tiernas palabras: “Audierunt quia ingemisco ego, et non est qui consoletur “ “Esos mis hijos han oído mis penas y, no obstante, ninguno se ha movido a compasión.”
Alma cristiana, ¿estarás también tu entre estos seres tan duros ante el dolor casi infinito de tan incomparable criatura?

II. Si contemplada María con los ojos naturales invita de tal manera nuestro ánimo a compadecerla, ¿Qué diremos si la contemplamos con los ojos de la Fe? Entonces ya nos aparece, no como una simple criatura, aún cuando grande por haber sufrido una serie de contingencias posibles de acontecer en la vida, sino como la Virgen incomparable, elegida por Dios pare ser la Madre del Verbo Encarnado y, por esto mismo, asociada a la obra sublime de la redención humana. ¡Qué motivos no tenemos entonces para dirigirnos a Ella y agradecerle los beneficios inmensos que nos ha merecido con su vida llena de amarguras y de angustias! Y tanto mas debemos estarle reconocidos por cuanto tan inmensos dolores ha padecido por nosotros, en un impulso de amor espontáneo, desinteresado, generoso. Sacrificar a su Hijo Unigénito, entregarlo a la muerte mas despiadada y, con Él sacrificarse a sí mismo y someterse al más acerbo martirio; ¡he aquí la obra de María por nosotros!
Y ¿podremos permanecer indiferentes ante este espectáculo? ¿podremos simular desconocer esas penas que fueron causa de nuestra salvación?
Con mucha razón, cada uno de nosotros, respecto de María, puede repetirse las palabras que el santo Tobías dirigió a su hijo: “Por todo el tiempo de tu vida honra a tu madre, ya que no debes olvidarte cuáles y cuántas penas ha sufrido por ti”, y las ha sufrido, podemos añadir, no para la vida terrenal que termina, si para la celestial, la sola verdad, que no termina nunca.

III. ¡Conveniencia, reconocimiento, justicia!
Sí; también la justicia nos reclama a los pies de María Dolorosa, porque sus dolores son obra nuestra.
En efecto; la finalidad del martirio de la Virgen no ha sido solamente nuestra salud; nuestros pecados han sido causa. Nosotros, que recogemos ese fruto precioso fuimos los verdugos que con nuestras culpas –por cuya remisión Jesús y María se inmolaron- asestamos el golpe que, quitando la vida al autor de la misma, ocasionaba en el corazón de la Madre una agonía de muerte.
Por lo tanto ¿No es justo que pensemos en esas penas, que con nuestra pasión y gratitud expresemos a la Virgen toda nuestra amargura por haber sido la causa de las mismas?
Sin ningún derecho, más aún, contra todo merecimiento hemos alcanzado con los dolores de la Virgen abundantes frutos de salvación; recordando pues esos dolores y honrándolos en particular manera reconoceremos los beneficios recibidos y rendiremos homenaje a nuestro benefactor. ¿Y no es esto acaso, un deber de justicia?
María sufrió injustamente para que no sufriésemos lo que merecíamos por nuestros pecados y ¿podremos regalarle, a título de compensación, un recuerdo para sus aflicciones un tributo de sincero afecto y de tierna compasión? Nuestra ingratitud sería demasiada negra, harto manifiesta la injusticia, asaz desconsiderada nuestra manera de obrar.
A nosotros se impone el deber de recordar incesantemente la voz del Espíritu Santo: “Gemitus Matris tuae ne obliviscaris!”. “¡No te olvides de los gemidos de tu Madre!” Reflexionemos si hasta ahora hemos cumplido con este nuestro deber que nos impone la conveniencia, la gratitud, la justicia, y reparando la negligencia del pasado, propongámonos para el futuro estar siempre más unidos a la Virgen en la meditación de sus acerbos dolores.


PRÁCTICA.- Proponed lo que deseáis hacer durante este mes en honor de María Dolorosa.

ORACIÓN
¡Madre nuestra de los Dolores; bien justo es que honremos vuestras inmensas penas!
Haced que nuestros corazones fríos e impotentes para tanto deber sean compenetrados del verdadero espíritu de devoción, que sientan por vuestras penas la compasión sincera que los lleve a la detestación del pecado y a la práctica de las más excelsas virtudes.

viernes, 19 de marzo de 2010

DEVOCIÓN DE LOS TREINTA DÍAS A SAN JOSÉ


Por la señal, etc.

Pésame, etc.


¡Oh amabilísimo Patriarca San José! Desde el abismo de mi pequeñez y miseria os contemplo con emoción y alegría de mi alma en vuestro trono del cielo, como gloria y gozo de los Bienaventurados, pero también como padre de los huérfanos en la tierra, consolador de los tristes, amparador de los desvalidos, auxiliador de los Ángeles y Santos ante el trono de Dios, de vuestro Jesús y de vuestra santa Esposa.
Por eso yo pobre, desvalido, triste y necesitado, a Vos dirijo hoy y siempre mis lágrimas y penas,mis ruegos y clamores del alma, mis arrepentimientos y mis esperanzas; y hoy especialmente os traigo ante vuestro altar y vuestra imagen una pena que consoléis, un mal que remediéis, una desgracia que impidáis, una necesidad que socorráis, una gracia que obtengáis para mi y para misseres queridos. Y, para conmoveros y obligaros a oírme y conseguírmelo, os lo pediré y demandaré durante treinta días continuos, en reverencia a los treinta años, que vivisteis en la tierra con Jesús y María: y os lo pediré, urgente, y con-fiadamente, Invocando todos los títulos que tenéis para compadeceros de mí, y todos los motivos que tengo para esperar que no dilataréis el oír mi petición, y remediar mi necesidad; siendo tan cierta mi fe en vuestra bondad y poder, que al sentirla os sentiréis también obligado a obtener y darme más aún de lo que os pido y deseo.


1) Os lo pido por la bondad divina que obligó al Verbo Eterno a encarnarse y nacer en la pobre naturaleza humana, como Hijo de Dios, Dios Hombre y Dios del hombre.
2) Os lo suplico por vuestra ansiedad inmensa al sentiros obligado a abandonar a vuestra santa Esposa.
3) Os lo ruego por vuestra resignación dolorosísima para buscar un establo y un pesebre para palacio y cuna de Dios nacido entre los hombres.
4) Os imploro por la dolorosa y humillante Circuncisión de vuestro Jesús, y por el santo, glorioso y dulcísimo nombre que le impusisteis por orden del Eterno.
5) Os lo demando por vuestro sobresalto al oír del Ángel la muerte decretada contra vuestro Hijo Dios, por vuestra obedientísima huida a Egipto, por las penalidades y peligros del camino, por la pobreza extrema del destierro y por vuestras ansiedades al volver de Egipto a Nazaret.
6) Os lo pido por vuestra aflicción dolorosísima de tres días, al perder a Vuestro Hijo, y por vuestra consolación suavísima al encontrarle en el templo, y por vuestra felicidad inefable de los treinta años que tuvisteis en Nazaret con Jesús y María sujetos a vuestra autoridad y providencia.
7) Os lo ruego y espero por el heroico sacrificio, con que ofrecisteis la víctima de vuestro Jesús al Dios Eterno para la cruz y para la muerte por nuestros pecados y nuestra redención.
8) Os lo demando por la dolorosa previsión que os hacía todos los días contemplar aquellas manos infantiles, taladradas después en la cruz por agudos clavos; aquélla cabeza que se reclinaba dulcísimamente sobre vuestro pecho, coronada de espinas; aquel cuerpo divino que estrechabais contra vuestro corazón, desnudo, ensangrentado y extendido sobre los brazos de la Cruz, aquel último momento en que le veíais expirar y morir.
9) Os lo pido por vuestro dulcísimo tránsito de esta vida en los brazos de Jesús y María y vuestra entrada en el Limbo de los Justos y al fin en el cielo.
10) Os lo suplico por vuestro gozo y vuestra gloria, cuando contemplasteis la Resurrección de vuestro Jesús, su subida y entrada en los cielos y su trono de Rey inmortal de los Siglos.
11) Os lo demando por vuestra dicha inefable cuando visteis salir del sepulcro a vuestra santísima esposa resucitada, y ser subida a los cielos por los Ángeles y coronada por el Eterno, y entronizada en un solio junto al vuestro.
12) Os lo pido y ruego y espero confiadamente por vuestros trabajos, penalidades y sacrificios en la tierra, y por vuestros triunfos y glorias y feliz bienaventuranza en el cielo con vuestro Hijo Jesús y vuestra esposa Santa María.


¡Oh mi buen Patriarca San José! Yo, inspirado en las enseñanzas de la Iglesia Santa y de sus Doctores y Teólogos, y en el sentido universal del pueblo cristiano, siento en mí una fuerza misteriosa, que me alienta y obliga a pediros y suplicaros y esperar me obtengáis de Dios la grande y extraordinaria gracia que voy a poner ante vuestra imagen y ante vuestro trono de bondad y poder en el cielo.



Aquí, levantando el corazón a lo alto, se le pedirá al Santo, con amorosa instancia la gracia que se desea.


Obtenedme también para los míos y los que me han pedido ruegue por ellos, todo cuanto desean y les es conveniente. San José rogad por nosotros; Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Jesucristo.


ORACIÓN Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste escoger al bienaventurado José por Esposo de tu Madre Santísima; concédenos que, pues le veneramos como protector en la tierra, merezcamos tenerle como intercesor en los cielos. Oh Dios, que vives y reinas en los siglos de los siglos. Amén.



Esta devoción es muy cristiana y teológica muy recomendable y eficaz para conmover ese poder y bondad del Santo Patriarca y para alcanzar por su medio las gracias más difíciles y extraordinarias.
Las razones de esta afirmación son las siguientes:
a) La materia doctrinal de esa Oración es la más teológica y completa.
b) El fin general de ella, el más devoto y grato al Santo: honrar la memoria de los treinta años que vivió con Jesús y María en la tierra.
c) Los títulos que se invocan, poderosísimos para mover el corazón del Santo.
d) La forma ferviente en que está escrita es de fe vivísima, de ternura sensible, y de urgente e irresistible instancia... Es el alma toda la que en todas sus frases pide y suplica, gime y llora, conmueve y triunfa de las resistencias del mismo Dios.
e) Y si a todo se añade la insistencia y perseverancia durante treinta días en tan larga y vehemente súplica del alma, no será temerario afirmar según el dogma católico que es una oración teológica y cristiana, eficaz e irresistible.
f) No hay en ella nada de superstición o revelación o infalibilidad o algo imposible o impropio. Por el contrario lo que se pide y se confía conseguir es sencillamente algo muy conveniente y necesario; aunque difícil y extraordinario; pero nada de milagros infalibles y a plazos fijos y por modos y prácticas supersticiosas. Todo está fundado en el dogma católico de la oración e intercesión de los Santos, y en la creencia y confianza del pueblo cristiano en el poder y bondad del Santo Patriarca. La práctica de esta devoción ha de ser muy sencilla. Récese la oración treinta días consecutivos, y será más eficaz rezarla ante la imagen o altar del Santo; pero cuando eso no sea posible, puede rezarse en la casa particular. Se recomienda mucho la comunión, al menos los miércoles de esos treinta días.

(Tomada de Misa Tridentina)