miércoles, 29 de septiembre de 2010

VISIÓN DE LEÓN XIII - EXORCISMO

"Entre tanto, se trabó una batalla grande en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban contra el dragón, y el dragón con sus ángeles peleaba contra él: pero no prevaleciron, ni hubo en mas lugar para ellos en el cielo.
Así fue abatido aquel dragón descomunal, aquella antigua serpiente, que se llamaba diablo y que anda engañando al orbe universo, y fue lanzado a la tierra y sus ángeles con él" (Apoc. XII,7-9).

El padre Domenico Pechenino escribe: "No recuerdo el año exacto. Una mañana el Sumo Pontífice León XIII había celebrado la santa misa y estaba asistiendo a otra de agradecimiento, como era habitual. De pronto, le vi levantar enérgicamente la cabeza y luego mirar algo por encima del celebrante. Miraba fijamente, sin parpadear, pero con un aire de terror y de maravilla, demudado. Algo extraño, grande, le ocurría.

Finalmente, como volviendo en sí, con un ligero pero enérgico ademán, se levanta. Se le ve encaminarse hacia un despacho privado. Los familiares le siguen con premura y ansiedad. Le dicen en voz baja: "Santo Padre, ¿no se siente bien? ¿Necesita algo?" Responde: "Nada, nada". Luego comentaría: «Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar a todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás le pidió permiso a Dios de tener 100 años para influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo». Pudo ver también a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Se encierra en su despacho, y al cabo de media hora hace llamar al secretario de la Congregación de Ritos y, dándole un folio, le manda imprimirlo y enviarlo a todos los obispos diocesanos del mundo. ¿Qué contenía? La oración que rezamos al final de la misa junto con el pueblo, con la súplica a María y la encendida invocación al príncipe de las milicias celestiales, implorando a Dios que vuelva a lanzar a Satanás al infierno".

En aquel escrito se ordenaba también rezar esas oraciones de rodillas. Lo antes escrito, que también había sido publicado en el periódico La settimana del clero el 30 de marzo de 1947, no cita las fuentes de las que se tomó la noticia. Pero de ello resulta el modo insólito en que se ordenó rezar esa plegaria, que fue expedida a los obispos diocesanos en 1886. Como confirmación de la que escribió el padre Pechenino tenemos el autorizado testimonio del cardenal Nasalli Rocca que, en su carta pastoral para la cuaresma, publicada en Bolonia en 1946, escribe:

"León XIII escribió él mismo esa oración. La frase [los demonios] "que vagan por el mundo para perdición de las almas" tiene una explicación histórica, que nos fue referida varias veces por su secretario particular, monseñor Rinaldo Angeli. León XIII experimentó verdaderamente la visión de los espíritus infernales que se concentraban sobre la Ciudad Eterna (Roma); de esa experiencia surgió la oración que quiso hacer rezar en toda la Iglesia. El la rezaba con voz vibrante y potente: la oímos muchas veces en la basílica vaticana. No sólo esto, sino que escribió de su puño y letra un exorcismo especial contenido en el Ritual romano (edición de 1954, tít. XII, c. III, pp. 863 y ss.). El recomendaba a los obispos y los sacerdotes que rezaran a menudo ese exorcismo en sus diócesis parroquiales. El, por su parte, lo rezaba con mucha frecuencia a lo largo del día".
(Tomado de Santa Iglesia Militante).

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sed nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y Tú, ¡oh Príncipe de la Milicia Celestial!, arroja al infierno con el divino poder, a satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.


Sancte Michael Archangele, defende nos in praelio. Contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur. Tuque princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo divina virtute in infernum detrude. Amen.

sábado, 31 de julio de 2010

San Ignacio de Loyola, Guia y Maestro del Alma

"¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?".




"Cada uno ponga delante de sí para animarse, no los que son a su parecer para menos, sino los más vehementes y estrenuos. No consintáis que os hagan ventaja los hijos de este mundo en buscar con más solicitud y diligencia las cosas temporales que vosotros las eternas. Avergonzaos que ellos corran con más prontitud a la muerte que vosotros a la vida. Teneos para poco, si un cortesano sirve con más diligencia por haber la gracia de un terreno principe que vosotros por la del celeste; y si un soldado por honra del vencimiento y algún despojo, se apercibe y pelea más animosamente que vosotros.. "(San Ignacio de Loyola a los estudiantes de Coimbra).




"No se ha de juzgar la virtud o el aprovechamiento de uno por el buen natural que tiene, sino por el cuidado y empeño que tiene en vencerse y mortificarse"




"Servir al mundo con descuido y pereza poco importa; mas servir a Dios con negligencia es cosa que no se puede sufrir"

martes, 6 de julio de 2010

Colaboracionismo Contra Cristo

Diplomacia vaticana y episcopado cubano:
¿"mediación" o "salvamento"?

Con su viaje, sus declaraciones y sus silencios, el arzobispo Dominique François Joseph Mamberti cumplió con el misterioso, enigmático y desconcertante ritual colaboracionista de altos personeros vaticanos que han viajado a la isla-cárcel en las últimas décadas
Por Armando F. Valladares, Miami, 22 de junio de 2010.
El secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, arzobispo Dominique François Joseph Mamberti, acaba de efectuar una extensa visita oficial de cinco días a Cuba comunista (del 16 al 20 de junio pp.).
Ya en el primer día de su estadía, en conferencia de prensa junto al canciller cubano, el alto prelado se congratuló por el "diálogo" con el régimen que en estos momentos está "en curso"; manifestó su esperanza de que ese diálogo "se fortalezca" por ocasión de su visita; y concluyó, de manera optimista, que "ya se ven los frutos" positivos. En sus declaraciones, monseñor Mamberti rechazó la inclusión, entre esos "frutos" del diálogo con el régimen comunista, de encuentros con opositores cubanos y de visitas a presos políticos, alegando, a falta de mejor argumento, que cumplía una "visita oficial".
En una palabra, el diplomático vaticano fue todo sonrisas hacia el régimen comunista, mostrando en contrapartida el ceño fruncido hacia los opositores y, en el fondo, hacia el pueblo cubano esclavizado.
Con su mención a los "frutos" que él considera positivos, el alto prelado pareció incluir la "mediación" asumida ante el régimen por el cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, arzobispo de La Habana, que posee un conocido historial colaboracionista. En realidad, hasta el momento esos "frutos" cardenalicios no van más allá del traslado de una decena de presos políticos enfermos, que estaban siendo torturados en prisiones distantes de sus lugares de origen, y que ahora pasarán a ser torturados cerca de sus propios hogares. También se habría obtenido la concesión de licencia extrapenal (que no es el otorgamiento de libertad incondicional) a Ariel Sigler, un opositor que fue un conocido atleta y que ahora quedó en silla de ruedas por causa de las privaciones y torturas. En realidad, con esa medida el régimen evita el riesgo de que ese conocido preso político fallezca en una cárcel y se transforme en un mártir.
Con su viaje, sus declaraciones y sus silencios, el arzobispo Dominique François Joseph Mamberti cumplió con el misterioso, enigmático y desconcertante ritual colaboracionista de altos personeros vaticanos que han viajado a la isla-cárcel en las últimas décadas, desde el tristemente célebre nuncio monseñor Cesare Zacchi, que elogió las supuestas "virtudes cristianas" del dictador Fidel Castro; pasando por su antecesor en el cargo de secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, monseñor Agostino Casaroli, quien en 1974 dijo que los católicos cubanos eran "felices"; hasta el actual cardenal secretario de Estado, monseñor Tarcisio Bertone, un decidido propulsor del "diálogo" con el régimen. A este respecto, me he visto en la dolorosa necesidad de escribir numerosos, documentados y nunca desmentidos artículos.
En realidad, más que una "mediación", lo que se está presenciando es una literal operación de "salvamento" del régimen cubano, en los planos externo e interno, impulsada por el Episcopado de la isla y por la diplomacia vaticana. En el plano externo, dejándose impresionar y paralizar por ese "salvamento" eclesiástico, la Unión Europea acaba de aplazar hasta septiembre un eventual endurecimiento de su posición hacia la dictadura cubana. En el plano interno, el "salvamento" tendría como objetivo desmoralizar a los fieles católicos de la isla y a aquellos opositores cubanos que de una manera heroica se oponen espiritualmente a la colaboración de los Pastores con los Lobos comunistas. En ese sentido, el obispo auxiliar de La Habana, monseñor Juan de Dios Hernández, durante la visita del enviado vaticano, reconoció que en los ambientes católicos cubanos existen "resistencias'' al referido acercamiento eclesiástico con los Lobos, y aprovechó para inocular una dosis de anestesia de las conciencias de los fieles alegando que "hay que tener paciencia".
Con este "salvamento" diplomático, la Santa Sede y el Episcopado cubano no solamente benefician al régimen castrista; contribuyendo a su supervivencia, contribuyen igualmente, por el principio de los vasos comunicantes, para fortalecer a los regímenes venezolano, ecuatoriano, boliviano y nicaragüense, aliados ostensivos de Cuba comunista; y para dar aliento a corrientes radicales revolucionarias que en Brasil y otros países de la región actúan como caballos de Troya. Delante de Dios y de la Historia, la referida responsabilidad eclesiástica no es pequeña, por el hecho de que está en juego la situación de esclavitud de 12 millones de cubanos, que ya se prolonga por más de 50 años; el futuro incierto de varios países de la región; y el propio futuro del continente con mayor número de católicos.
Armando Valladares, escritor, pintor y poeta. Pasó 22 años en las cárceles políticas de Cuba. Fue embajador de los Estados Unidos ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU bajo las administraciones Reagan y Bush. Recibio la Medalla Presidencial del Ciudadano y el Superior Award del Departamento de Estado. Recientemente le fue otorgado en Roma el Premio Internacional de Periodismo ISCHIA y, en Tegucigalpa, la Orden José Cecilio del Valle, en el grado de Comendador, la más alta distinción que otorga Honduras a un extranjero.





(Articulo de Armando Valladares. Foto de arriba)















Canciller cubano y delegado del Vaticano M.J. Mamberti

jueves, 10 de junio de 2010

Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, firme muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia



Según la enseñanza de S.S. Pio XII.
Algunos extractos de la Encíclica Haurietis Aquas:
Dificultades y objeciones
“3. La Iglesia siempre ha tenido y tiene en tan grande estima el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús: lo fomenta y propaga entre todos los cristianos, y lo defiende, además, enérgicamente contra las acusaciones del naturalismo y del sentimentalismo; sin embargo, es muy doloroso comprobar cómo, en lo pasado y aun en nuestros días, este nobilísimo culto no es tenido en el debido honor y estimación por algunos cristianos, y a veces ni aun por los que se dicen animados de un sincero celo por la religión católica y por su propia santificación.
«Si tú conocieses el don de Dios» [7]. Con estas palabras, venerables hermanos, Nos, que por divina disposición hemos sido constituidos guardián y dispensador del tesoro de la fe y de la piedad que el Divino Redentor ha confiado a la Iglesia, conscientes del deber de nuestro oficio, amonestamos a todos aquellos de nuestros hijos que, a pesar de que el culto del Sagrado Corazón de Jesús, venciendo la indiferencia y los errores humanos, ha penetrado ya en su Cuerpo Místico, todavía abrigan prejuicios hacia él y aun llegan a reputarlo menos adaptado, por no decir nocivo, a las necesidades espirituales de la Iglesia y de la humanidad en la hora presente, que son las más apremiantes. Pues no faltan quienes, confundiendo o equiparando la índole de este culto con las diversas formas particulares de devoción, que la Iglesia aprueba y favorece sin imponerlas, lo juzgan como algo superfluo que cada uno pueda practicar o no, según le agradare; otros consideran oneroso este culto, y aun de poca o ninguna utilidad, singularmente para los que militan en el Reino de Dios, consagrando todas sus energías espirituales, su actividad y su tiempo a la defensa y propaganda de la verdad católica, a la difusión de la doctrina social católica, y a la multiplicación de aquellas prácticas religiosas y obras que ellos juzgan mucho más necesarias en nuestros días. Y no faltan quienes estiman que este culto, lejos de ser un poderoso medio para renovar y reforzar las costumbres cristianas, tanto en la vida individual como en la familiar, no es sino una devoción, más saturada de sentimientos que constituida por pensamientos y afectos nobles; así la juzgan más propia de la sensibilidad de las mujeres piadosas que de la seriedad de los espíritus cultivados.
Otros, finalmente, al considerar que esta devoción exige, sobre todo, penitencia, expiación y otras virtudes, que más bien juzgan pasivas porque aparentemente no producen frutos externos, no la creen a propósito para reanimar la espiritualidad moderna, a la que corresponde el deber de emprender una acción franca y de gran alcance en pro del triunfo de la fe católica y en valiente defensa de las costumbres cristianas; y ello, dentro de una sociedad plenamente dominada por el indiferentismo religioso que niega toda norma para distinguir lo verdadero de lo falso, y que, además, se halla penetrada, en el pensar y en el obrar, por los principios del materialismo ateo y del laicismo…”
Fundamentación del cultro
“5. Conmovidos, pues, al ver cómo tan gran abundancia de aguas, es decir, de dones celestiales de amor sobrenatural del Sagrado Corazón de nuestro Redentor, se derrama sobre innumerables hijos de la Iglesia católica por obra e inspiración del Espíritu Santo, no podemos menos, venerables hermanos, de exhortaros con ánimo paternal a que, juntamente con Nos, tributéis alabanzas y rendida acción de gracias a Dios, dador de todo bien, exclamando con el Apóstol: «Al que es poderoso para hacer sobre toda medida con incomparable exceso más de lo que pedimos o pensamos, según la potencia que despliega en nosotros su energía, a El la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, en los siglos de los siglos. Amén» [13]. Pero, después de tributar las debidas gracias al Dios eterno, queremos por medio de esta encíclica exhortaros a vosotros y a todos los amadísimos hijos de la Iglesia a una más atenta consideración de los principios doctrinales —contenidos en la Sagrada Escritura, en los Santos Padres y en los teólogos—, sobre los cuales, como sobre sólidos fundamentos, se apoya el culto del Sacratísimo Corazón de Jesús. Porque Nos estamos plenamente persuadido de que sólo cuando a la luz de la divina revelación hayamos penetrado más a fondo en la naturaleza y esencia íntima de este culto, podremos apreciar debidamente su incomparable excelencia y su inexhausta fecundidad en toda clase de gracias celestiales; y de esta manera, luego de meditar y contemplar piadosamente los innumerables bienes que produce, encontraremos muy digno de celebrar el primer centenario de la extensión de la fiesta del Sacratísimo Corazón a la Iglesia universal.
Con el fin, pues, de ofrecer a la mente de los fieles el alimento de saludables reflexiones, con las que más fácilmente puedan comprender la naturaleza de este culto, sacando de él los frutos más abundantes, nos detendremos, ante todo, en las páginas del Antiguo y del Nuevo Testamento que revelan y describen la caridad infinita de Dios hacia el género humano, pues jamás podremos escudriñar suficientemente su sublime grandeza; aludiremos luego a los comentarios de los Padres y Doctores de la Iglesia; finalmente, procuraremos poner en claro la íntima conexión existente entre la forma de devoción que se debe tributar al Corazón del Divino Redentor y el culto que los hombres están obligados a dar al amor que El y las otras Personas de la Santísima Trinidad tienen a todo el género humano. Porque juzgamos que, una vez considerados a la luz de la Sagrada Escritura y de la Tradición los elementos constitutivos de esta devoción tan noble, será más fácil a los cristianos de ver «con gozo las aguas en las fuentes del Salvador» [14]; es decir, podrán apreciar mejor la singular importancia que el culto al Corazón Sacratísimo de Jesús ha adquirido en la liturgia de la Iglesia, en su vida interna y externa, y también en sus obras: así podrá cada uno obtener aquellos frutos espirituales que señalarán una saludable renovación en sus costumbres, según lo desean los Pastores de la grey de Cristo. “
“Sagrado Corazón, símbolo del amor de Cristo
24. Nada, por lo tanto, prohíbe que adoremos el Corazón Sacratísimo de Jesucristo como participación y símbolo natural, el más expresivo, de aquel amor inexhausto que nuestro Divino Redentor siente aun hoy hacia el género humano. Ya no está sometido a las perturbaciones de esta vida mortal; sin embargo, vive y palpita y está unido de modo indisoluble a la Persona del Verbo divino, y, en ella y por ella, a su divina voluntad. Y porque el Corazón de Cristo se desborda en amor divino y humano, y porque está lleno de los tesoros de todas las gracias que nuestro Redentor adquirió por los méritos de su vida, padecimientos y muerte, es, sin duda, la fuente perenne de aquel amor que su Espíritu comunica a todos los miembros de su Cuerpo Místico.
Así, pues, el Corazón de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas, la humana y la divina; y así en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa, según el Apóstol: «Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola con el bautismo de agua por la palabra de vida, a fin de hacerla comparecer ante sí llena de gloria, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada» [87].
Cristo ha amado a la Iglesia, y la sigue amando intensamente con aquel triple amor de que hemos hablado [88], y ése es el amor que le mueve a hacerse nuestro Abogado para conciliarnos la gracia y la misericordia del Padre, «siempre vivo para interceder por nosotros» [89]. La plegaria que brota de su inagotable amor, dirigida al Padre, no sufre interrupción alguna. Como «en los días de su vida en la carne» [90], también ahora, triunfante ya en el cielo, suplica al Padre con no menor eficacia; y a Aquel que «amó tanto al mundo que dio a su Unigénito Hijo, a fin de que todos cuantos creen en El no perezcan, sino que tengan la vida eterna» [91]. El muestra su Corazón vivo y herido, con un amor más ardiente que cuando, ya exánime, fue herido por la lanza del soldado romano: «Por esto fue herido [tu Corazón], para que por la herida visible viésemos la herida invisible del amor» [92].
Luego no puede haber duda alguna de que ante las súplicas de tan grande Abogado hechas con tan vehemente amor, el Padre celestial, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros [93], por medio de El hará descender siempre sobre todos los hombres la exuberante abundancia de sus gracias divinas.”…
“36. Finalmente, con el ardiente deseo de poner una firme muralla contra las impías maquinaciones de los enemigos de Dios y de la Iglesia, y también hacer que las familias y las naciones vuelvan a caminar por la senda del amor a Dios y al prójimo, no dudamos en proponer la devoción al Sagrado Corazón de Jesús como escuela eficacísima de caridad divina; caridad divina, en la que se ha de fundar, como en el más sólido fundamento, aquel Reino de Dios que urge establecer en las almas de los individuos, en la sociedad familiar y en las naciones, como sabiamente advirtió nuestro mismo predecesor, de f. m.: «El reino de Jesucristo saca su fuerza y su hermosura de la caridad divina: su fundamento y su excelencia es amar santa y ordenadamente. De donde se sigue necesariamente: cumplir íntegramente los propios deberes, no violar los derechos ajenos, considerar los bienes naturales como inferiores a los sobrenaturales y anteponer el amor de Dios a todas las cosas» [124].
Y para que la devoción al Corazón augustísimo de Jesús produzca más copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios. Ha sido voluntad de Dios que, en la obra de la Redención humana, la Santísima Virgen María estuviese inseparablemente unida con Jesucristo; tanto, que nuestra salvación es fruto de la caridad de Jesucristo y de sus padecimientos, a los cuales estaban íntimamente unidos el amor y los dolores de su Madre. Por eso, el pueblo cristiano que por medio de María ha recIbído de Jesucristo la vida divina, después de haber dado al Sagrado Corazón de Jesús el debido culto, rinda también al amantísimo Corazón de su Madre celestial parecidos obsequios de piedad, de amor, de agradecimiento y de reparación. En armonía con este sapientísimo y suavísimo designio de la divina Providencia, Nos mismo, con un acto solemne, dedicamos y consagramos la santa Iglesia y el mundo entero al Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María [125].
37. Cumpliéndose felizmente este año como indicamos antes, el primer siglo de la institución de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús en toda la Iglesia por nuestro predecesor Pío IX, de f. m., es vivo deseo nuestro, venerables hermanos, que el pueblo cristiano celebre en todas partes solemnemente este centenario con actos públicos de adoración, de acción de gracias y de reparación al Corazón divino de Jesús. Con especial fervor se celebrarán, sin duda, estas solemnes manifestaciones de alegría cristiana y de cristiana piedad —en unión de caridad y de oraciones con todos los demás fieles— en aquella nación en la cual, por designio de Dios, nació aquella santa Virgen que fue promotora y heraldo infatigable de esta devoción.
Entre tanto, animados por dulce esperanza, y como gustando ya los frutos espirituales que copiosamente han de redundar —en la Iglesia— de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, con tal de que ésta, como ya hemos explicado, se entienda rectamente y se practique con fervor, suplicamos a Dios quiera hacer que con el poderoso auxilio de su gracia se cumplan estos nuestros vivos deseos: a la vez que expresamos, también la esperanza de que, con la divina gracia, como fruto de las solemnes conmemoraciones de este año, aumente cada vez más la devoción de los fieles al Sagrado Corazón de Jesús, y así se extienda más por todo el mundo su imperio y reino suavísimo: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» [126].
Como prenda de estos dones celestiales, os impartimos de todo corazón la Bendición Apostólica, tanto a vosotros personalmente, venerables hermanos, como al clero y a todos los fieles encomendados a vuestra pastoral solicitud, y especialmente a todos los que se consagran a fomentar y promover la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús.”
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de mayo de 1956, año decimoctavo de nuestro pontificado.
PÍO XII