miércoles, 3 de marzo de 2010

Sacerdote Anglicano Convertido de verdad al Catolicismo

Conversión del Padre Roberto Hugo Benson al Catolicismo

He aquí en qué términos refiere el abate Degranges la entrevista tenida con Roberto Hugo Benson, durante el período de conferencias que daba este en los Estados Unidos de América en la primavera de 1914.
Benson tenía entonces 43 años. Era hijo del arzobispo anglicano de Cantórbery. Pastor protestante, renunciando a las ventajas materiales que su cargo y familia le ofrecían, convencido de la verdad del Catolicismo, lo abrazó con entusiasmo y lealtad. Murió en 1914.Escribe el abate Degranges:
“-He venido, le dije, para saber de usted cuál fue el motivo poderoso que le hizo abandonar de un golpe la sin igual y ventajosa situación que ocupaba en la Iglesia Anglicana, para unirse a nosotros, los católicos.
-La autoridad de la Iglesia Católica. Yo había pensado siempre que la verdadera Iglesia fundada por Cristo debía ser un guía capaz de conducir a la salvación con toda seguridad a la gran caravana humana. Lo que me hizo dudar de la Iglesia Anglicana y me separó de ella, fue porque no nos dá una dirección segura en ninguno de los puntos esenciales de doctrina o moral. Ministro de la religión, yo predicaba y frente a todos los problemas que se me presentaban, mis superiores me dejaban en la incertidumbre y me abandonaban a mi iniciativa personal.
-Comprendo; sufría usted por no ser gobernado.
-Póngase usted en mi lugar, señor abate, y comprenderá mejor las dificultades insolubles en que yo me debatía.
Por ejemplo, yo me había confesado desde mi juventud y creía en la eficacia de la confesión. Un colega que predicaba juntamente conmigo y en nuestra misma parroquia creía lo contrario. Preguntamos a nuestro obispo para que nos instruyera; pero él se excusó.
¿Debíamos enseñar que la Eucaristía contiene la realidad viviente de Cristo, o que solamente es un símbolo? La misma respuesta ambigua.
Cristo, ¿es realmente Dios hecho hombre o solamente un gran profeta? Nos perdíamos todos los anglicanos en un abismo de controversias sin fin.
Sobre la misma noción de Dios mis colegas protestantes no llegaban a ponerse de acuerdo. La mayor parte creen en un Dios personal, pero otros en una divinidad lejana y misteriosa, más o menos confundida con el universo. Un ministro anglicano de Suiza llegó a decir delante de mí: Dios es un gran punto de interrogación, nimbado de esperanza.
¿Cómo hubiera yo podido creer por más tiempo que mi Iglesia Anglicana, pequeña barca perdida entre las nieblas del Támesis, incapaz hasta ese punto de guiar a sus propios fieles era la Iglesia verdadera, siendo la Iglesia, como es natural que sea, el medio universal de llevar a todos los hombres a la salvación?
Recorriendo el mundo hallé en todas partes, lo mismo en las pequeñas aldeas que en las grandes ciudades, iglesias y misioneros católicos, cuyas soluciones sobre todos los puntos que me atormentaban eran perfectamente fijas y coherentes. Los sacerdotes católicos, señor abate, están en todas partes y hace ya dos mil años que enseñan lo mismo. Esto no puede ser sino porque tienen la Verdad.
Desde entonces el Protestantismo me parecía como echando aún en el océano humano algunas boyas de cristianismo, planchas dispersas a las que cada uno puede agarrarse como quiera y como le sea más fácil. El catolicismo que me puse a estudiar a fondo, se presentó entonces a mis ojos como un navío gigantesco, de robustos flancos, conducido por una tripulación disciplinada y cuyo timón lleva con mano fuerte un piloto, un Papa, notable desde hace veinte siglos por la fijeza de su dirección. No vacilé más. Subí a mi vez al gran navío que conduce a las almas y he hallado ahora esa quietud incomparable de la conciencia; la certeza.
La Iglesia Católica es una gran compañía de seguros contra el peligro intelectual. Es un gobierno inmutable y fuerte que disipa todas nuestras dudas y asegura todos nuestros pasos, nos levanta en nuestras debilidades y nos apartad de nuestras desviaciones. Por eso me he unido a Ella para siempre.”
Benson, Roberto Hugo (1871-1914), Sacerdote católico inglés, insigne convertido, notable escritor y polemista.

lunes, 1 de marzo de 2010

Marzo Mes de San José

SAN JOSÉ,


Esposo de la Bienaventurada Virgen María

Teniendo, pues, qué comer, y con qué cubrimos,contentémonos con esto.(1 Timoteo, 6, 8).
San José fue esposo legal de María y padre nu tricio de Jesús. Bastan estas dos palabras para su elogio. La gran humildad de que dio pruebas ejerciendo el oficio de carpintero, la solicitud con que rodeó la infancia del Salvador, su respeto para con la Madre de Dios, lo hicieron digno de morir en los brazos de Jesús y de María. ¡Oh dulce muerte! ¿Quieres tú morir como él? Imita sus virtudes e invoca su protección.




MEDITACIÓNSOBRE LA VIDA DE SAN JOSÉ

l. San José mereció, por su pureza, el honor de ser elegido por Dios para ser el esposo de su Madre. ¡Qué gloria para ti, oh gran santo, mandar a una esposa omnipotente en el cielo y en la tierra! Imita la pureza, la humildad y la modestia de José, y María se mostrará contigo llena de ternura. Para que llegues a ser un gran santo, haz, siguiendo el ejemplo de San José, todas tus acciones pensando que Dios te ve.





II. Fue el padre nutricio de Jesús, y Jesús le estaba sometido. Admira la humildad del Salvador, que, pudiendo nacer en el palacio de Augusto o de Herodes, prefiere elegirse un padre pobre y desconocido, un padre que debe trabajar con sus manos para procurarle alimento y vestido. A ejemplo de San José, nunca te separes de Jesús: que en todos tus actos sea tu compañero, conversa a menudo con Él. Haz un lugar a Jesús en medio de tus hijos: que tu Señor venga a tu familia, que tu Creador se acerque a su creatura. (San Agustín).





III. San José murió en brazos de Jesús y de María. Tú también quieres terminar tu existencia con una muerte dichosa y santa: ten una gran devoción a San José. Nos asegura Santa Teresa que ha obtenido todo lo que ha pedido por los méritos de San José. Pídele esta última gracia que debe coronar tu vida y hacerte comenzar una eternidad de dicha. Con frecuencia durante tu vida, y sobre todo en la hora de tu muerte, pronuncia los tres hermosos nombres de Jesús, María y José.
La devoción a San José Rogad por los agonizantes.



ORACIÓN
Haced, Señor, que los méritos del bienaventurado José, esposo de vuestra Santísima Madre, nos ayuden, a fin de que obtengamos por su intercesión lo que nuestra flaqueza no puede merecer. Vos que, siendo Dios, vivís y reináis por todos los siglos de los siglos. Amén.


ORACIÓN A SAN JOSÉ DEL PAPA LEÓN XIII


Prescrita por el Papa León XIII para después del rezo público del Rosario durante el mes de octubre,

A Vos recurrimos en nuestra tribulación, bienaventurado San José, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro Patrocinio. Por el afecto que os unió la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, por el amor paternal que profesasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que con su que Jesucristo conquistó con su Sangre y que nos socorráis con vuestro poder en nuestras necesidades. Proteged, oh prudentísimo Custodio de la Sagrada Familia, el linaje escogido de Jesucristo; preservadnos Padre amantísimo, de todo contagio de error y corrupción, sednos propicio y asistidnos desde el Cielo, poderosísimo Protector nuestro, en el combate que al presente libramos contra el poder de las tinieblas. Y del mismo modo que, en otra ocasión, librasteis del peligro de la muerte al Niño Jesús, defended ahora a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y contra toda adversidad. Amparad a cada uno de nosotros con vuestro perpetuo patrocinio; a fin de que, siguiendo vuestros ejemplos y sostenidos por vuestro auxilio, podamos vivir santamente, morir piadosamente y obtener la felicidad eterna del Cielo. Amén.













FRAGMENTOS DE ALGUNOS ESCRITOS SOBRE SAN JOSÉ

PÍO XII:
QUAMQUAM PLURIES, Encíclica sobre la devoción a San José, 15/8/1889. (León XIII)(Enlace)
SANTA TERESA DE JESÚS (Vida, 6)
"Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra ­que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar­, así en el cielo hace cuanto le pide.
Esto han visto otras algunas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aun hay muchas que le son devotas de nuevo, experimentando esta verdad.
Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu, queriendo se hiciese muy curiosamente y bien, aunque con buen intento. Mas esto tenía malo, si algún bien el Señor me daba gracia que hiciese, que era lleno de imperfecciones y con muchas faltas. Para el mal y curiosidad y vanidad tenía gran maña y diligencia. El Señor me perdone.
Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío."
Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso Santo a mí y a otras personas; mas por no hacer más de lo que me mandaron, en muchas cosas seré corta más de lo que quisiera, en otras más larga que era menester; en fin, como quien en todo lo bueno tiene poca discreción. Sólo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los ángeles en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos. Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará en el camino. Plega al Señor no haya yo errado en atreverme a hablar en él; porque aunque publico serle devota, en los servicios y en imitarle siempre he faltado."
SAN JUAN BOSCO, (Charlas)
"Entre las prácticas de piedad en honor de este gran patriarca, esposo de María, padre nutricio de Jesucristo, Santa Teresa recomienda mucho, como eficaz medio para obtenernos su protección, el dedicarle todo el mes de marzo, en el cual cae su fiesta [...]
Invocándolo también con jaculatorias. Por ejemplo, durante el estudio decid en vuestro corazón : Sancte Ioseph, ora pro me; ayudadme a ocupar bien el tiempo de estudio y de clase. Si os viene alguna tentación : Sancte Ioseph, ora pro me. Al levantaros por la mañana : Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Al acostaros: Jesús José y María, asistidme en mi última agonía.
No olvidéis que es el protector de todos los trabajadores y que lo es también de los jóvenes que estudian. Porque el estudio es trabajo."
ORÍGENES, (Homilía XVIII)
"Cuando Jesús tenía 12 años, se queda en Jerusalén. Sus padres, que lo ignoraban, lo buscan con solicitud y no lo encuentran. Lo buscan entre sus amistades, lo buscan en la caravana, lo buscan entre los conocidos, y entre todos éstos no lo encuentran [...]. Aprende donde lo encontraron los que le buscaban, y tú buscándolo con José y María lo encontrarás."
ISIDORO DE SEVILLA, (Algunas alegorías de la escritura 138)
"José es el tipo (imagen) de Cristo, que fue destinado para guardar la Santa Iglesia sin mancha ni arruga."
SAN BERNARDO, (Homilía sobre la Virgen Madre, 2)
"Aquel José vendido por la envidia de sus hermanos y llevado a Egipto, prefiguró la venta de Cristo; este José, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a la tierra de Egipto. Aquél, guardando lealtad a su Señor, no quiso consentir al mal intento de su señora; éste, reconociendo virgen a su Señora, Madre de su Señor, la guardó fidelísimamente, conservándose él mismo en toda castidad. A aquél le fue dada la inteligencia de los misterios de los sueños; éste mereció ser sabedor y participante de los misterios soberanos. Aquél reservó el trigo no para sí, sino para el pueblo; éste recibió el Pan Vivo del cielo para guardarle para sí y para todo el mundo. Sin duda, este José con quien se desposó la Madre del Salvador fue hombre bueno y fiel. Siervo fiel y prudente a quien constituyó Dios consuelo de su Madre, proveedor del sustento de su cuerpo."
SAN JUAN CRISÓSTOMO, (Homilía sobre San Mateo, 8)
"[...] Dios, amador de los hombres, mezcla trabajos y dulzuras, estilo que Él sigue con todos sus santos. Ni los peligros, ni los consuelos nos los da continuos, sino que de unos y otros va Él entretejiendo la vida de los justos. Tal hizo José."
"[...] José no se escandalizó ni dijo : eso parece un enigma. Tú mismo hacías saber no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje y sufrir un largo desplazamiento : Eso es contrario a tu promesa. José no discurre de ese modo, porque es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el Ángel lo había dejado indeterminado, puesto que le había dicho : «Está allí hasta que yo te diga» (Mt. 2, 13)".
SANTO TOMÁS, (Suma Teológica 3, q. 29, a. 1)
"José quiso despedir a María no para unirse a otra mujer ni por sospechar en ella alguna falta, sino por reverencia, lleno de un santo temor de vivir al lado de una tan grande santidad. Y, casado con María, por el testimonio de José se comprobó el nacimiento virginal de Cristo".
BEATO CLAUDIO DE LA COLOMBÈRE, (Panegírico de San José, Exordio)
"Aunque no hubiera otra razón para alabar a San José, habría que hacerlo, me parece, por el solo deseo de agradar a María. No se puede dudar que ella tiene gran parte en los honores que se rinden a San José y que con ello se encuentra honrada. Además de reconocerle por su verdadero esposo, y de haber tenido para él todos los sentimientos que una mujer honesta tiene para aquel con quien Dios la ha ligado tan estrechamente, el uso que él hizo de su autoridad sobre ella, el respeto que tuvo con su pureza virginal le inspiró una gratuidad igual al amor que ella tenía por esta virtud y, consiguientemente, un gran celo por la gloria de San José [...]".
PÍO XII, (Alocución del 7 - IX - 1947)
"¿Queréis amados hijos, ganar de nuevo a los hombres para Cristo y para la Iglesia? - Para Cristo : ningún hombre ha estado tan cercano al Redentor por lazos domésticos, por relaciones cotidianas, por espiritual armonía y por la vida divina de la gracia, como José, de la estirpe de David, pero también humilde obrero manual. - Para la Iglesia : él es el Patrono de la Iglesia Universal."
SAN BERNARDINO DE SIENA, (Sermón 2)
"Si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen María, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a San José, después de ella una especial gratitud y reverencia."
SAN BERNARDINO DE SIENA, (Sermón 2)
"Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo ; al contrario, la ha colmado y consumado".
SAN BERNARDINO DE SIENA, (Sermón 7) "Fue elegido por el padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que el cumplió con absoluta fidelidad."

miércoles, 17 de febrero de 2010

Ayuno y Abstinencia

Es una doctrina tradicional de la espiritualidad cristiana que el arrepentimiento, el alejarse del pecado y volverse a Dios, incluye alguna forma de penitencia, sin la cual al cristiano le es difícil permanecer en el camino angosto y ser salvado (Jer 18:11, 25:5; Ez 18:30, 33:11-15; Jl 2:12; Mt 3:2; Mt 4:17; He 2:38 ). Cristo mismo dijo a sus discípulos que ayunaran una vez que Él partiera (Lc. 5:35 ). La ley general de la penitencia, por lo tanto, es parte de la ley de Dios para el hombre.
La Iglesia ha especificado días obligatorios de ayuno y abstinencia de carne, para asegurarse que los católicos, de alguna manera realicen, penitencia como lo requiere la ley divina, y a la vez hacerles más fácil el cumplir con esta obligación.
El ayuno obliga a los que han cumplido 21 años; están dispensados, los que hacen trabajos pesados, los faltos de salud, los pobres que viven de limosna y los que han cumplido 60 años.
La ley de abstinencia, debe ser observada por todos, desde la edad de siete años. Los días de abstinencia, no se pueden comer ningún tipo de carnes (vaca, cerdo, aves), ni alimentos derivados de las mismas, por ejemplo, sopas, fiambres, etc.
No hay obligación de hacer ayuno y abstinencia si caen en días de fiestas de guardar, aún si es viernes.
Modo de ayunar
Los días de ayuno, está permitida solamente una comida completa, en la que se puede comer carne, siempre que no sea día de abstinencia de la misma. Están permitidas dos comidas más, que, juntas, sean menores que la comida principal. Entre las comidas, sólo pueden tomarse líquidos.
Por la mañana se puede tomar té o café con un poco de leche, o mate cuanto se desee, o chocolate hecho en agua, pan en pequeña cantidad que no exceda 62 gramos, más o menos, con manteca, a excepción de huevos.
En la cena, cualquier comida, excepto carne y caldo, en cantidad que no exceda 250 gramos.
Días de ayuno y abstinencia
en la república Argentina
En virtud de Indulto Pontificio son de obligación solamente:
· Días de abstinencia sola, sin ayuno: Todos los viernes de Cuaresma
Días de ayuno y abstinencia: Miércoles de Ceniza, Viernes Santo, Vigilia de la Asunción de la Sma. Virgen y el 23 de diciembre..

Miércoles de Ceniza


“El uso litúrgico de la ceniza el miércoles de Quinquagésima, no parece haberse dado en los comienzos a todos los fieles, sino tan solo a los culpables de los pecados cometidos a la penitencia pública de la Iglesia. Antes de la misa se presentaban en el templo donde todo el pueblo se hallaba congregado. Los sacerdotes oían la confesión de sus pecados, y después los cubrían de cilicios y derramaban ceniza en sus cabezas. Después de esta ceremonia clero y pueblo se postraban en tierra y rezaban en voz alta los siete salmos penitenciales. Tenía lugar después la procesión en la que los penitentes iban descalzos; a la vuelta eran arrojados solemnemente de la Iglesia por el obispo que les decía: “Os arrojamos del recinto de la Iglesia por vuestros pecados y crímenes, como Adán, el primer hombre fue arrojado del paraíso por su desobediencia.” Cantaba a continuación el clero algunos responsorios sacados del Génesis, en los que se recordaban las palabras del Señor, que condenaban al hombre al sudor y al trabajo en esta tierra ya maldita. Cerraba enseguida las puertas de la Iglesia. Y los pecadores no debían pasar sus umbrales hasta volver Jueves Santo, a recibir con solemnidad la absolución.
Después del siglo XI empezó a caer en desuso la penitencia pública; en cambio, la costumbre de imponer la ceniza a todos los fieles este día, llegó a generalizarse y se ha clasificado entre las ceremonias esenciales de la Liturgia Romana. (No es fácil determinar la fecha exacta. Sólo sabemos que en el Concilio de Benevento en 1091, Urbano II la hizo obligatoria para todos los fieles. La ceremonia actual va detallada en los Ordines del siglo XII; las antífonas, responsorios y oraciones de la bendición de la ceniza, estaban ya en uso entre el siglo VIII y IX.). Antiguamente se acercaban descalzos a recibir este aviso de la nada del hombre, y aún en pleno siglo XII el mismo Papa salía de Santa Anastasia a Santa Sabina donde se celebraba la Estación y hacía el recorrido descalzo, lo mismo que los cardenales de su cortejo. La Iglesia ha cedido en esta severidad exterior, sin dejar de tener estima grande de los sentimientos que tan imponente rito debe producir en nuestras almas.
Como acabamos de insinuar, la Estación en Roma se celebra hoy en Santa Sabina, sobre el Monte Aventino. Bajo los auspicios de esta Santa Mártir se inicia la penitencia cuaresmal.
Empiezan las sagradas ceremonias por la bendición de la ceniza. Proceden de los ramos benditos el año anterior el domingo antes de Pascua. La bendición que reciben en este nuevo estado tiene por finalidad hacernos más dignos del misterio de contrición y humildad que ha significar.” (Dom Gueranguer, Año Litúrgico T. II).

Todo cristiano fervoroso debe presentarse con humildad y espíritu de penitencia a recibir la ceniza y a escuchar las graves palabras que pronuncia el sacerdote al imponerla: «Acuérdate, hombre, que eres polvo y al polvo has de volver». Los textos de la Misa están inspirados todos en esta idea de la penitencia. Dios es siempre misericordioso para con todos los que se convierten a Él. (Introito); pero importa rasgar los corazones más que los vestidos (Epístola). El que ayune generosamente, no por agradar a los hombres (Evangelio); el que reciba con la debida piedad las venerables solemnidades del ayuno (Oración), ese podrá cantar: «Te exaltaré, Señor, porque me recibiste y no alegraste a mis enemigos sobre mí. Clamé a Ti y me sanaste» (Ofertorio).

jueves, 4 de febrero de 2010

El Liberalismo es Pecado, ¡para no olvidar!






Dos enseñanzas de un maestro en la defensa de Fe y costumbres, Padre Felix Sardá y Salvany.











XIX.- DE LAS PRINCIPALES REGLAS DE PRUDENCIA CRISTIANA QUE DEBE OBSERVAR EL BUEN CATÓLICO EN SU TRATO CON LIBERALES.



Y no obstante, ¡oh lector! con liberales fieros y mansos, o con católicos miserablemente resabiados de Liberalismo, hay que vivir en el siglo presente como con arrianos se vivió en el cuarto, y con pelagianos en el quinto, y con jansenistas en el decimoséptimo. Y no es posible dejar de alternar con ellos, porque se los encuentra uno por todas partes, en el negocio, en las diversiones, en las visitas hasta en la iglesia tal vez, hasta en la propia familia. ¿Cómo se habrá, pues, de portar el buen católico en sus relaciones con tales apestados? ¿Cómo podrá prevenir y evitar, o disminuir por lo menos, ese constante riesgo de infección? Dificilísimo es señalar reglas precisas para cada caso. Sin embargo, máximas generales de conducta se pueden muy bien indicar, dejando a la prudencia de cada uno lo concreto e individual de su aplicación. Parécenos que ante todo conviene distinguir tres clases de relaciones que se pueden suponer entre un católico y un liberal, o sea entre un católico y el Liberalismo. Decimos así porque las ideas en la práctica no se pueden considerar separadas de las personas que las profesan y sustentan. El Liberalismo ideológico es puro concepto intelectual: el Liberalismo real y práctico son las instituciones, personas, libros y periódicos liberales.
Tres clases, pues de relaciones se pueden suponer entre un católico y el Liberalismo.

  • Relaciones necesarias.
  • Relaciones útiles.
  • Relaciones de pura afición o placer.

Relaciones necesarias.

Son las que inevitablemente trae a cada cual su estado o posición particular. Así son las que deben mediar entre hijos y padre, marido y mujer, hermanos y hermanas, súbditos y superiores, amos y criados, discípulos y profesores, etc. Claro es que si un buen hijo tiene la desdicha de que su padre sea liberal. no por eso le ha de abandonar; ni la mujer al marido; ni el hermano o pariente a otro de la familia, más que en los casos en que el Liberalismo en los tales llegase a exigir de su súbdito respectivo actos esencialmente contrarios a la Religión, y que indujesen a formal apostasía de ella. No cuando solamente impidiesen la libertad de cumplir los preceptos de la Iglesia; pues sabido es que la Iglesia no entiende obligar a los tales sub gravi incommode. En todos estos casos debe el católico soportar con paciencia su dura situación; rodearse de todas las precauciones para evitar el contagio del mal ejemplo, como se aconseja en todos los libros al tratar de las ocasiones próximas necesarias; tener muy levantado el corazón a Dios, y rogar cada día por su propia salvación y por la de las infelices víctimas del error: rehuir todo lo posible la conversación o disputa sobre tales materias o no entrar en ellas sino muy pertrechado de armas ofensivas y defensivas. Buscar éstas en la lectura de libros y periódicos sanos a juicio de un prudente director; contrapesar la inevitable influencia de tales personas inficionadas con el trato frecuente de otras de autoridad y luces que estén en clara posesión de la sana doctrina, obedecer al superior en todo lo que no se oponga a la fe y moral católica pero renovar cada día el firme propósito de negar la obediencia a quien quiera que sea, en lo que directa o indirectamente sea opuesto a la integridad del Catolicismo. Y no desmaye el que en esa situación se encontrare. Dios, que ve sus luchas, no le faltará con El auxilio conveniente. Hemos reparado que los buenos católicos de países liberales y de familias liberales suelen distinguirse, cuando son verdaderamente buenos, por cierto especial vigor y temple de espíritu. Es este el constante proceder de la gracia de Dios, que allí alienta con más firmeza donde más apurada y apretada ve la necesidad.

Relaciones útiles.

Otras relaciones hay que no son absolutamente indispensables, pero que lo son moralmente, por cuanto sin ellas no es apenas posible la vida social, que toda estriba en un cambio de servicios. Tales son las relaciones de comercio, las de empresarios y trabajadores, las del artesano con sus parroquianos, etc. En éstas no hay la estrecha sujeción que en las del grupo anterior; puede hacerse, pues, alarde de mayor independencia. La regla fundamenta es no ponerse en contacto con tales gentes más que por el lado en que sea preciso engranar con ellas para el movimiento de la máquina social. Si es comerciante, no trabar con ellas otras relaciones que las de comercio; si es criado, ningunas otras más que las de servicio; Si es artesano, no otras que los de toma y daca relativas a su profesión guardando esta prudencia, se puede vivir sin menoscabo de la fe, aun en medio de un pueblo de judíos. Sin olvidar las demás prevenciones generales recomendadas en el grupo anterior, y teniendo en cuenta que aquí no media razón alguna de vasallaje, y que de la independencia católica conviene hacer alarde en frecuentes ocasiones para imponer respeto con ella a los que creen poder anonadarnos con su desvergüenza liberal. Mas si llegase el caso de una imposición descarada, débese repelerla con toda franqueza y erguirse ante el descaro del sectario con todo el noble y santo descaro del discípulo de la fe.

Relaciones de mera afición.

Estas son las que contraemos y sostenemos libremente con sólo quererlo. Con liberales debemos abstenernos libremente con sólo quererlo. Con liberales debemos abstenernos de ellas como de verdaderos peligros para nuestra salvación Aquí tiene lugar de lleno la sentencia del Salvador: El que ama el peligro perecerá en él. ¿Cuesta? Rómpase el lazo peligroso, aunque mucho cueste. Tengamos presente para eso las siguientes consideraciones, que sin duda nos convencerán o por lo menos nos confundirán si no nos convencen. Si aquella persona estuviese atacada de mal físico contagioso, ¿la frecuentaría? Sin duda que no. Si tu trato con ella comprometiese tu reputación mundana, ¿lo mantendrías? Pues, cierto que no. Si profesase ideas injuriosas con respecto a tu familia, ¿la fueras a visitar? Clarito que no. Pues bien: miremos en este asunto de honra divina y de espiritual salud lo que nos dicta la humana prudencia con respecto a los propios intereses y honra humana. Sobre esto le habíamos oído decir a persona de gran jerarquía hoy en la Iglesia de Dios: "¡Nada con liberales; no frecuentéis sus casas; no cultivéis sus amistades!" A bien que antes lo había dicho ya de sus congéneres el Apóstol: Ne commiscemini: "No os relacionéis con ellos", (1 Corinth. V, 9). Cum hujusmodi nec cibum sumere: "Con ellos ni sentarse a la mesa." (Ibid. V, 11). ¡Horror, pues a la herejía, que es el mal sobre todo mal! En país apestado lo primero que se procure es aislar. ¡Quién nos diese hoy poder establecer cordón sanitario absoluta entre católicos y sectarios del Liberalismo!.












XX.- DE CUÁN NECESARIO SEA PRECAVERSE CONTRA LAS LECTURAS LIBERALES.



Si esta conducta conviene observar con las personas, mucho más conveniente, y por suerte mucho más fácil, es observarla con las lecturas. El Liberalismo es sistema completo, como el Catolicismo, aunque en sentido inverso. Tiene, pues, sus artes, ciencias, letras, economía, moral, es decir, un organismo enteramente propio y suyo animado por su espíritu, marcado con su sello y fisonomía. También lo han tenido las más poderosas herejías, como, por ejemplo, el arrianismo en la antigüedad y el jansenismo en los siglos modernos. Hay, pues, no sólo periódicos liberales, sí que libros liberales o resabiados de Liberalismo, y los hay en abundancia, y triste es decirlo, en ellos se apacienta principalmente la generación actual y por esto, aun sin saberlo o advertirlo, son tantos los que se encuentran miserablemente contagiados. ¿Qué reglas hay que dar para este caso? Análogas o casi iguales a las que se han dada con relación a las personas. Vuélvase a leer lo dicho poco ha, y aplíquese a los libros lo que de los individuos se dijo. No es trabajo difícil, y ahorrará a nosotros y a los lecturas la molestia de la repetición. Una cosa solo advertiremos aquí, que especialmente se refiere a esta materia. Y es que nos guardemos de deshacernos en elogios de libros liberales, sea cual fuere su mérito científico o literario, a menos que no hagamos tales elogios sino con grandísimas reservas y salvando siempre la reprobación que merecen por su espíritu o sabor liberal. Y hacemos hincapié en esto, porque son muchos los católicos bonachones (aun en el periodismo católico), que, para que les tengan por imparciales, y por darse barniz de ilustración, que siempre halaga, tocan el bombo y soplan la trompeta de la Fama en favor de cualquier obra científica o literaria que nos venga del campo liberal; y dicen que hacerlo así es probar que a los católicos no nos duele reconocer el mérito donde quiera que lo veamos, que así se atrae al enemigo (maldito sistema de atracción, que viene a ser nuestro juego de gana pierde! pues insensiblemente somos nosotros los atraídos); que, finalmente, no hay peligro alguno en esto, y si notorio espíritu de equidad. ¡Qué pena nos dio hace pocas meses leer en un periódico fervorosamente católico repetidos elogios y recomendaciones de un poeta célebre que ha escrito, en odio a la Iglesia, poemas como la Visión de Fr Martín y La última Lamentación de Lord Byron! ¿Qué importa sea o no grande su mérito literario, si con este su mérito literario, nos asesina las almas que hemos de salvar? Lo mismo fuera guardarle consideración al bandido por brillo de la espada con que nos embiste, o por los bellos dibujos que adornan el fusil con que nos dispara. La herejía envuelta en los artificiosos halagos de una rica poesía, es mil veces más mortífera que la que sólo se da a tragar en los áridos y fastidiosos silogismos de la escuela. La gran propaganda herética de casi todos los siglos, leo en las historias, que la han ayudado a hacer los sonoros versos. Poetas de propaganda tuvieron los arrianos; tuviéronlos los luteranos, que muchos se preciaban, con su Erasmo, de cultos humanistas; de la escuela jansenista de Arnaldo, de Nicole y de Pascal no hay que decir que fue esencialmente literaria. Voltaire ya se sabe a qué debió los principios y sostén de su espantosa popularidad. ¿Cómo hemos, pues, de hacernos cómplices los católicos de tales sirenas del infierno, y darles nombre y fama, y ayudarlos en su obra de fascinación y corrupción de la juventud? El que lee en nuestros periódico que tal o cual poeta es admirable poeta, aunque liberal; va y coge y compra en la librería aquel admirable poeta, aunque liberal; y lo traga y devora, aunque liberal; y lo digiere e inficiona con él su sangre, aunque liberal; y tórnase a la postre el desdichado lector liberal como su autor favorito. ¡Cuántas inteligencias y corazones echó a perder el infeliz Espronceda! ¡Cuántas el impío Larra! ¡Cuántas casi hoy día el malhadado Bécquer! Por no citar nombres de vivos; que nos costara por cierto citarlos a docenas. ¿Por qué le hemos de hacer a la Revolución el servicio de pregonar sus glorias infaustas? ¿A título de qué? ¿De imparcialidad? No, que no debe haber imparcialidad en ofensa de lo principal, que es la verdad. Una mala mujer es infame por bella que sea, y es más peligrosa cuanto es más bella. ¿Acaso por título de gratitud? No, porque los liberales más prudentes que nosotros, no recomiendan lo nuestro aunque sea tan bello como lo suyo, antes procuran obscurecerlo con la crítica o enterrarlo con el silencio. De San Ignacio de Loyola dice su ilustre historiador, el P. Ribadeneyra, que era tan celoso de esto, que nunca permitió se leyese en sus clases obra alguna del famoso humanista de su época Erasmo de Rotterdan, a pesar de que muchos de sus elegantes escritos no se referían a religión, sólo porque en la mayor parte de ellos mostraba saber protestante. Del P. Fáber, a quien no se tachará de poco ilustrado, intercalamos aquí un precioso fragmento a propósito de sus famosos compatricios Milton y Byron. Decía así el gran escritor inglés, en una de sus hermosísimas cartas: ¿No comprendo la extraña anomalía de las gentes de salón, que citan con elogio a hombres como Milton y Byron, manifestando al mismo tiempo que aman a Cristo y ponen en El toda esperanza de salvación. Se ama a Cristo y a la Iglesia, y se alaba en sociedad a los que de Ellos blasfeman; se truena y se habla contra la impureza como cosa odiosa a Dios, y se celebra a un ser cuya vida y obras han estado saturadas de ella. No puedo comprender la distinción entre el hombre y el poeta, entre los pasajes puros y los impuros. Si un hombre ofende Al objeto de mi amor, no puedo recibir de él consuelo ni placer, y no puedo concebir que con amor ardiente y delicado hacia nuestro Salvador puedan gustar las obras de su enemigo. La inteligencia admite distinciones pero el corazón, no. Milton ( maldita sea la memoria del blasfemo! ) pasó gran parte de su vida escribiendo contra la divinidad de mi Señor, mi única fe, mi único amor; este pensamiento me envenena. Byron, hollando sus deberes para con su patria y todos los afectos naturales, se rebajó vergonzosamente, vistiendo con hermosos versos el crimen y la incredulidad. El monstruo que puso (¿me atreveré a escribirlo?) a Jesucristo al nivel y como compañero de Júpiter y de Mahoma, no es para mí otra cosa que bestia fiera, hasta en sus pasajes más puros, y nunca me he arrepentido de haber arrojado al fuego en Oxford una hermosa edición de sus obras en cuatro volúmenes... Inglaterra no necesita a Milton. ¿Cómo puede necesitar mi país una política, un valor, un talento o cualquier otra cosa que esté maldita de Dios; ¿Y cómo el Eterno Padre puede bendecir el talento y la obra de quien en prosa y en verso ha renegado' ridiculizado y blasfemado la divinidad de su Hijo? Si quis non amat Dominum Nostram Jesum Christam, sit anathema. Así decía San Pablo., En tales términos escribía el gran literato católico inglés, una de las más grandes figuras literarias de la Inglaterra moderna. Eso escribía cuando no había hecho aún su completa abjuración del Protestantismo. Así ha discurrido siempre la sana intransigencia católica, así habló siempre el buen sentido de la fe. Asómbrame que se hayan tenido tantas polémicas sobre si conviene o no la educación clásica, basada en el estudio de los autores griegos y latinos de la pagana antigüedad, a pesar de lo que les disminuye a éstos su eficacia la distancia de los siglos, el mundo distinto de ideas y costumbres y la diversidad del idioma. Asómbrame esto, y que apenas nada se haya escrito sobre lo venenoso y letal de la educación revolucionaria, que sin escrúpulo se da o se tolera dar por muchos católicos a la juventud.