martes, 26 de abril de 2011

DESDE LA CRUZ

Queridos Amigos:
Quiera Dios bendecirles.
Cada año, en las cercanías de la Pascua, tratamos de enviarles siquiera unas líneas para hacerles llegar nuestro saludo pascual. También nos ha parecido siempre que no deberíamos sólo saludar sinó que además pudieran servir nuestras líneas para que quienes nos leyeran pudieran acercarse más a Dios. Así entendido tratemos de volar juntos con nuestro pobre espíritu creado remontando la historia hasta aquél día aciago, el más triste, el más solemne y el más sublime del decurso de los hombres sobre esta tierra.
El primer día de la historia, aquél en que Dios hizo la luz y las cosas que ella pudiera iluminar marcó un asombro inexplicable en sólos los ángeles que pudieron contemplarlo al ver salir de la nada la realidad que hoy nos cautiva y nos embeleza y al ver que Dios la ponía sumisa ante ellos para que la rigieran como ministros suyos. El último día de la historia, aquél en que se cierre la última página del sucederse de las cosas, cuando Dios sereno porque siempre es justísimo, dará a cada quién según hayan sido sus obras, sus quereres, sus amores, sus vidas; ese último día tendrá algo de solemne e irreversible como nunca se habrá visto ni volverá a verse. Tendrá algo de indefinible y que no podremos expresar simplemente porque ese día será último, no tendrá ni mañana, ni nueva oportunidad. Será el umbral de la eternidad, la puerta sin retorno por donde se llega a Dios o se lo pierde para siempre.
No queremos hablar ni del comienzo ni del fin de la historia, ni del primer día suyo ni del último. Queremos ir hasta el Viernes Santo, su día más triste porque crucificaron entonces al Amor; el más aciago porque dio su vida el Hijo de Dios; el más solemne que fue el de la primera Misa; el más sublime porque sólo ese día abrió para siempre el Cielo para los que fueran capaces de amar.
Queremos subir hasta el Calvario que no es el monte más alto de la tierra pero sí el más alto de la historia y allí, hecha a un lado la turba, relegados los soldados, mirados con pena e indignación aquellos pontífices descastados de una figura que iba muriendo al instaurarse la Iglesia para siempre, acercarnos sí, reverentes y llenos de adoración a la Cruz del Salvador, locura para los paganos, escándalo para los judíos al decir de San Pablo (I Cor. 1,23).
Nada ha habido igual en la historia ni lo habrá jamás. Y en medio de ese espectáculo siniestro para el mundo, triunfal para los allí culpables de su muerte y para nosotros piadoso y conmovedor, lleno de misericordia y de amor; cerca de la Virgen Madre y del discípulo virgen levantar los ojos, mirar la mirada de Cristo y tratar de leer en sus ojos algo de todo aquello que no dijo porque lo decía su entrega, la más heroica, en medio del abandono el más espantoso.
¿Qué decían sus ojos? Sin duda infinitas cosas, algunas tan divinas que fueran insondables para nosotros; otras un poco más entendibles para estas pobres creaturas.
¿No habrán buscado sus ojos mansos, en medio de aquella muchedumbre que lo veía morir sin hacer nada, a aquellos a quienes hizo el bien? ¿No habrá susurrado en su corazón -Padre mío, dónde están los ciegos, los cojos, los leprosos, los endemoniados que sanó mi gracia? ¿Está por allí aquél que me dijo -“Te seguiré a donde quiera que vayas”? -Padre, los hombres piensan que lo que nos han dicho a Ti y a Mi sólo ellos lo han escuchado y que por eso nada vale, nada obliga.
- ¿Señor, dónde están mis Apóstoles? Los sacerdotes de mañana ¿No nos dirán igual que los del Calvario -“Bájate de la Cruz y creeremos en Ti”?
-Padre, no hay nadie que haga algo por Mi, nadie que lleve mi yugo suave ni mi carga liviana; nadie que quiera sin pedir a cambio como Yo les enseñé a querer.
-Padre, ¿Se atreverán a decirnos -“No te seguimos porque tus sacerdotes están todos peleados y ninguno es ejemplar”? Padre, aunque fuera cierto ¿A quién van a seguir, a mis sacerdotes o a Mi? La deuda es conmigo, no entre los hombres; si no hay valientes ¿Qué esperan para serlo? Si no hay ejemplares ¿Qué esperan para ser virtuosos los que se quejan? Si es temible el enemigo ¿No les dije que las puertas del infierno no habrían de prevalecer?
-Padre, aún así muero por ellos y para Ti, Tú lo mereces aunque ellos lo desprecien.
-Padre, ya habrá San Juanes junto a mi Madre y junto a Mi que quieran arriesgar por nosotros. Padre mío, valiente no es quien nos lo dice, sinó los que en medio de un combate desigual no dejan su puesto o se atreven entonces a pelear.

Nosotros no somos quienes para poder decir lo que Jesús nuestro Señor no dijo desde la Cruz o lo que pensaba en aquellos momentos sublimes. Pero aún así y mirándolo a sus ojos ¿No habrá pensado algo siquiera de lo que acabamos de escribir?

Santas Pascuas para todos y que Dios nos deje mirarle sin rubor.

Ave María Purísima.

+ Mons. Andrés Morello.

18 de abril del 2011, lunes santo.

martes, 4 de enero de 2011

Nuevamente al Vómito... del Ecumenismo.

Nuevamente Benedicto XVI, como su predecesor, convoca a abominar del Dios Verdadero equiparándolo a las falsas divinidades, con el pretexto de una falsa paz que no reconoce la Única Verdad de Dios y de su Iglesia.
Dejo la noticia seguida de una pequeña reflexión tomada de entre los escritos de Mons. Morello y el Magisterio Eclesiástico. Cada uno sabrá dimensionar la gravedad de la acción.

Después del Ángelus, Benedicto XVI señaló que en el Mensaje para la Jornada de la Paz había hecho hincapié en que "las grandes religiones pueden constituir un importante factor de unidad y de paz para la familia humana, y he recordado a este propósito, que en este año 2011 se celebrará el 25° aniversario de la Jornada Mundial de Oración por la Paz que el Venerable Juan Pablo II convocó en Asís en 1986. Por eso, el próximo mes de octubre peregrinaré a la ciudad de san Francisco, invitando a unirse a este camino a los hermanos cristianos de las distintas confesiones, a los representantes de las tradiciones religiosas del mundo, y de forma ideal, a todos los hombres de buena voluntad, con el fin de rememorar este gesto histórico querido por mi predecesor y de renovar solemnemente el compromiso de los creyentes de todas las religiones de vivir la propia fe religiosa como servicio a la causa de la paz. Quien está en camino hacia Dios no puede dejar de transmitir paz, quien construye paz no puede dejar de acercarse a Dios. Os invito a acompañar desde ahora con vuestra oración esta iniciativa".

ANG/ VIS 20110103 (480)


"Mi paz os dejo, mi paz os doy... No como el mundo la da" (Jn. 14, 27).
Nunca habrá paz hasta que no regrese el orden. Ese orden supone que los hombres adoren al único Dios verdadero, es la vuelta a Dios que predicaron todos los Santos de la historia y que construyó la civilización cristiana.
La Palabra bendita de Jesucristo es innegable e irrefutable, El es la Verdad y sus palabras lo son; negar sus palabras es mentira, es error, es audacia diabólica y es herejía.


No hay mentira más grave, entonces, que negar o contradecir sus palabras; negarlas es negar a Jesucristo mismo y negar a Dios: "Quien es de Dios escucha sus palabras, por eso no las escucháis, porque no sois de Dios" Jn. 8, 47).

Si negar las palabras de Jesucristo es la más grande herejía y la peor de las mentiras, de todas ellas quizás es la peor la que más daño haga a las almas, dejar en el error, abandonar en la falsedad, equiparar error con verdad.

Eso es el ecumenismo actual, el ecumenismo de la Iglesia oficial, el ecumenismo bendecido y llevado a cabo por Roma, una Roma que no es de Dios porque no escucha sus palabras.

El ecumenismo es una mentira, la peor.

Mentira con permiso eclesiástico.

Es un absurdo y una herejía afirmar que toda religión es un camino de salvación, es herejía y mentira que el Dios de todas las religiones es el mismo Dios que el de los católicos. "Todos los dioses de las gentes son demonios" (Salmo 95, 5).

La Iglesia oficial hace el ecumenismo con protestantes, judíos y musulmanes. Protestantes para los cuales no es cierta aquélla frase de Jesucristo: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt. 16, 18); musulmanes que odian a la Santísima Trinidad negando aquello de San Juan: "Porque son tres los que dan testimonio en el Cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y los Tres son Uno" (1 Jn. 7, 20).

El ecumenismo es la mentira más dañina porque viene de aquellos que deberían ser los más veraces: el clero.

El clero actual de la Iglesia oficial bendice el ecumenismo herético, lo predica y lo practica, lo impone a las almas como una obligación de consciencia = no es posible ser católico si no se es ecumenista.

Los pastores son los lobos y los médicos los asesinos de las almas.

Como dijera San Pablo, hablando de los paganos, eso diría hoy de los eclesiásticos: Cambiando la verdad de Dios por el error, dieron culto y sirvieron a .la creatura más que al Creador" (Rom. 1, 25).

"Santifícalos en la Verdad" Jn. 17, 17).

Esta es nuestra obligación, decir, enseñar, predicar la Verdad, la única que puede salvar a los hombres. Como dice el Pontifical Romano: "Todo lo que no pertenece a la Fe es herético y es cismático". No hacerlo es negar a Jesucristo, es ayudar a que las almas se condenen.

Pidamos a Dios lo que pedía San Pablo: "Dejando la mentira, decid la verdad". "Deponentes mendacium, loquimini veritatem" (Ef. 4, 25).


(Mons. Morello, Mentir con Permiso Eclesiástico)


S.S.León XIII en la Encíclica "Diuturnum illud" del 26 de junio de 1881: "Una sola causa tienen los hombres para no obedecer, y es, cuando se les pide algo que repugne abiertamente al derecho natural o divino... Es tan ilícito el mandarlas como el hacerlas. Si, pues, aconteciere que alguien fuere obligado a elegir una de dos cosas, a saber, o despreciar los mandatos de Dios o los de los príncipes, se debe obedecer a Jesucristo que manda -Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios- y a ejemplo de los Apóstoles responder animosamente: -Conviene obedecer a Dios antes que a los hombres Su autoridad es nula donde no hay justicia" (Encíclica "Diuturnum illud", n, 9).

lunes, 11 de octubre de 2010

¡Madre de Dios!

La Maternidad Divina
“16.Hoy más que nunca hace falta tener una sola Fe. Pues si en algún tiempo, Venerables hermanos, ahora de una manera especial es necesario, que todos los buenos se estrechen en Jesucristo y su mística esposa la Iglesia mediante una misma y sincera profesión de Fe; ahora cuando tantos hombres en el mundo se esfuerzan por sacudir el suave yugo de Jesucristo, rechazan la luz de su doctrina, pisotean las fuentes de la gracia, y desechan la autoridad de Aquel que ha venido a ser, según palabras del Evangelio, signo de contradicción (Lc. II,34). Siendo este abandono lamentable de Jesucristo origen de todo ese cúmulo de males que cada día se extienden más, pidan todos el oportuno remedio a Aquel que ha sido dado a los hombres sobre la tierra y en quien únicamente podemos ser salvos (Act. IV,13).
Así tan sólo, con el favor del Sagrado Corazón, pueden brillar tiempos mejores para todo el género humano, lo mismo para todos los individuos que para la familia y la sociedad civil, hoy profundamente perturbadas.
17. La Maternidad Divina de María. De este punto de la doctrina católica que hasta ahora hemos estudiado, se deriva necesariamente el dogma de la divina maternidad, que predicamos de la Santísima Virgen María. No –como advierte San Cirilo- que la naturaleza del Verbo o su divinidad haya tomado el principio de su origen de la Virgen, sino en el sentido de que de ella tuvo princípio aquél sagrado cuerpo, que informado por un alma racional y unido hipostáticamente al Verbo de Dios, se dice haber nacido según la carne (Concilio de Éfeso, Cyrilli ad Nestorium).
A la verdad, si el Hijo de la Virgen María, es Dios, indudablemente con todo derecho y justicia se ha de llamar Madre de Dios aquella que lo concibió, y si una sola es la persona de Jesucristo, y ésta divina, es claro que todos los hombres han de llamar a María, no sólo Madre de Jesucristo hombre, sino “Deipara”, o “Theotocos”, esto es Madre de Dios. A aquella, pues, que es recibida por Isabel su prima con el saludo de Madre de mi Señor (Lc. I,43), que según dice San Ignacio Mártir, dió a luz a Dios (Ep. Ad Efes. 7, 18-20); de la cual afirma Tertuliano, nace Dios (De carne Christi 17), y a la que el Eterno enriqueció con la plenitud de la gracia, sublimándola a tan alta dignidad, a ésa hemos de venerarla todos como verdadera MADRE DE DIOS.”
Pio XI, Encíclica Lux Veritatis.

viernes, 8 de octubre de 2010

El Rosario, su riqueza (Octubre mes del Rosario)

Si la costumbre de recitar Padrenuestros y Avemarías remonta a remotísima antigüedad, la oración meditada del Rosario tal como hoy la tenemos, se atribuye a Santo Domingo. Es cierto, al menos, que él y sus hijos trabajaron mucho en propagarle y de él hicieron su arma principal en la lucha contra los herejes Albigenses, que en el siglo XIII infectaban el sur de Francia.
Tiene por fin su práctica hacer revivir en nuestras almas los misterios de nuestra salvación acompañando la meditación de los mismos con la recitación de decenas de Ave Marías, precedidas del Padre nuestro y seguidas del Gloria al Padre. A primera vista, la recitación de tantas Ave Marías puede parecer monótona, pero en realidad, con un poco de atención y costumbre, la meditación siempre nueva y mas honda de los misterios de nuestra salvación da variedad y abundancia. De todos modos se puede decir sin exageración que en el Rosario se encuentra toda la Religión y como un resumen de todo el Cristianismo:
El Rosario es el resumen de la Fe: es decir, de las verdades que tenemos qué creer; el rosario nos las presenta de una forma sensible y viva, y a la exposición de esas verdades junta la oración en que se implora la gracia de comprenderlas mejor para gustarlas más todavía;
El Rosario es el resumen de la Moral: pues toda la Moral se resume en seguir e imitar a Aquél que es “el Camino, la Verdad y la Vida”. Ahora bien, precisamente por la oración del Rosario obtenemos de María la gracia y la fuerza de imitar a su Divino Hijo;
El Rosario es el resumen del Culto: porque uniéndonos a Cristo en los misterios meditados, tributamos al Padre la adoración en espíritu y en verdad que espera de nosotros; y nos unimos a Jesús y a María para pedir con Ellos y por Ellos las gracias de que tenemos necesidad; finalmente,
El Rosario nutre las virtudes teologales y nos ayuda a intensificar nuestra caridad fortaleciendo las virtudes de esperanza y de fe, pues, “por la meditación frecuente de estos misterios, el alma se inflama de amor y de agradecimiento por las pruebas de dilección que Dios nos ha dado; desea con ansia la recompensa celestial que Jesucristo ganó para los que se unan a Él imitando sus ejemplos y participando de sus dolores. Durante este rezo la oración se expresa con palabras que vienen del mismo Dios, del Arcángel Gabriel y de la Iglesia; está lleno de alabanzas y de salubles peticiones; se renueva y se prolonga en un orden determinado y variado a la vez; produce frutos de piedad siempre nuevos y siempre dulces”.(Enc. Octobri mense, 22,IX,1891).
Dom Gueranger, El Año Litúrgico.

jueves, 7 de octubre de 2010

Solemnidad del Santísimo Rosario

La fiesta del Rosario la instituyó San Pio V en recuerdo de la victoria de Lepanto sobre los turcos. Ya se sabe que en el siglo XVI, los discípulos de Mahomet, despues de apoderarse de Constantinopla, de Belgrado y de Rodas, pusieron en peligro serio a toda la cristiandad. El Papa San Pio V, aliado del Rey de España Felipe II y de la República de Venecia, les declaró la guerra. Don Juan de Austria, que llevaba el mando de la flota, recibió órdenes de trabar batalla lo más pronto posible y, por eso, al saber que la flota turca se encontraba en el golfo de Lepanto, fue allí a atacarla. El encuentro ocurrió el 7 de octubre de 1571, junto a las islas de Curfú (Equínadas). En aquel instante, en todo el mundo las cofradías del Rosario oraban con confianza. Los soldados de D. Juan de Austria se pusieron de rodillas para implorar el auxilio del cielo y, aunque eran muchos menos, empezaron el combate. Después de una lucha terrible de cuatro horas, de trescientos barcos enemigos, sólo cuarenta pudieron huir; los demás fueron hundidos y 40,000 turcos encontraron la muerte. Europa se había salvado.
Al mismo tiempo y conforme se iban desarrollando los sucesos, San Pio V tuvo la visión de la Victoria; se arrodilló para dar gracias a Dios y determinó que en lo sucesivo, el 7 de octubre se celebrase una fiesta en honor de Nuestra Señora de la Victoria, cuyo título fue cambiado por Gregorio XIII en este otro de Nuestra Señora del Rosario.

Breve Reseña de la Batalla.