viernes, 31 de julio de 2015

San Ignacio de Loyola, Patrono de los Ejercicios Espirituales


Biografía de San Ignacio
Su nombre era Iñigo López de Loyola, que cambió entre 1537 y 1542 por el de Ignacio «por ser más universal», o «más común a las otras naciones». Según la tradición, fue el último de los ocho hijos varones de Beltrán Ibáñez de Oñaz, señor de Loyola, y Marina Sánchez de Licona.

I. INICIOS
Sobre su fecha de nacimiento oscilaron las opiniones de los contemporáneos. En su epitafio, tras seria deliberación, se fijó su muerte a los 65 años de edad, lo que equivalía a decir que había nacido en 1491. Nada cierto se sabe sobre su primera educación familiar. Su padre debió de fallecer antes de 1506; su madre, poco después de otorgar testamento el 23 octubre 1507. Por estos años, el joven Iñigo se incorporó en Arévalo (Ávila) a la familia del contador mayor [ministro de Hacienda] de los reyes, Juan Velázquez de Cuéllar. Allí pasó unos diez años, en los cuales tuvo ocasión de acompañar al contador durante sus viajes a la corte y otros lugares. Con los libros de su protector pudo adquirir una cierta cultura y perfeccionar su escritura, que le mereció ser considerado «muy buen escribano». Tras la caída en desgracia y sucesiva muerte de Velázquez de Cuéllar en 1517, su viuda, María de Velasco, se preocupó del porvenir de Iñigo y le dio 500 escudos y dos caballos, para poder dirigirse a Navarra y servir como gentilhombre al virrey, Antonio Manrique de Lara, duque de Nájera. Allí dio muestras de hombre «ingenioso y prudente en las cosas del mundo» y de tener «grande y noble ánimo y liberal», como escribió Juan Alfonso Polanco, sobre todo en dos ocasiones: cuando ayudó a la pacificación de algunas villas de Guipúzcoa, divididas por el nombramiento de Cristóbal Vázquez de Acuña como corregidor, y cuando la villa de Nájera se sublevó contra su señor durante la rebelión de las Comunidades (1520-1522). 
Tomó parte en la defensa de Pamplona al ser atacada (1521) por el ejército francés. Incitó a sus compañeros de armas a resistir en el castillo, pero fue herido por una bala que le rompió una pierna y le lesionó la otra. Desde Niccolo Orlandini, la tradición ha situado la providencial herida en el 20 mayo 1521, lunes de Pentecostés. La rendición del castillo se produjo el 23 ó 24 del mismo mes. La herida de Iñigo fue grave, como consta por la deposición del alcaide del castillo, Miguel de Berrera. Tras las primeras curas, practicadas por los franceses, fue llevado por sus paisanos a su casa de Loyola, donde sufrió una dolorosa operación, soportada con gran fortaleza. Su estado fue empeorando y el 28 junio fue el día crítico, pero aquella misma noche empezó a mejorar. Una vez repuesto, quiso que le cortasen un hueso de la pierna, que le habría impedido calzarse una bota «muy justa y muy polida» que deseaba llevar.

II. CONVERSIÓN y PEREGRINACIONES (1521-1524)
Durante su convalecencia pidió que le diesen libros de caballerías para entretenerse, pero al no encontrarse en la casa, le dieron a leer la Vida de Cristo por el cartujo Ludolfo de Sajonia, traducida al español por Ambrosio Montesino y publicada en Alcalá hacia 1502 o 1503. También le ofrecieron el Flos Sanctorum de Jacobo de Varazze, en una traducción prologada por el cisterciense Gauberto Maria Vagad. La lectura de estos libros le provocó una lucha interior que le abrió el paso a su conversión, a través de la discreción de espíritus. Se dio cuenta de que, cuando se entretenía en pensamientos mundanos, entre los que dominaban los servicios que podría hacer en favor de una dama innominada, encontraba gusto en ellos, pero después se sentía árido y descontento; mientras que cuando pensaba en imitar a los santos, cuyas vidas estaba leyendo, no sólo se consolaba con estos pensamientos, sino que después de dejados, quedaba contento y alegre. La pregunta que se hacía a sí mismo era: «¿Qué sería si yo hiciese lo que hicieron Santo Domingo y San Francisco? y se proponía: ¿Santo Domingo hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer. ¿San Francisco hizo ésto? Pues yo lo tengo de hacer.» Decidió romper con su vida pasada y empezar una nueva. Su primer propósito fue realizar una peregrinación a Jerusalén. Para imitar a los santos se daría a largas oraciones y penitencias.
Rompiendo la resistencia que le opuso su hermano mayor, salió de Loyola en febrero 1522, con el plan de dirigirse a Barcelona y de allí a Roma, para procurarse el necesario permiso del Papa en orden a su peregrinación. Se detuvo en el santuario mariano de Aránzazu, donde probablemente hizo voto de castidad. Él nos dice que este voto lo hizo en el camino hacia Montserrat, donde se preparó por un tiempo a una confesión general, que duró tres días, y a la vela de armas, que realizó ante la imagen de la Virgen morena en la noche del 24 al 25 marzo 1522.
El 25 marzo «en amaneciendo, partió por no ser conocido, y se fue, no el camino derecho de Barcelona, donde hallaría muchos que le conociesen y le honrasen, mas desvióse a un pueblo, que se dice Manresa». Su idea era quedarse en Manresa algunos días en un hospital y anotar algunas cosas en un libro «que él llevaba muy guardado y con el que iba muy consolado»- De hecho, su estancia en Manresa se prolongó unos once meses, y puede dividirse en tres períodos: uno de calma casi en un mismo estado interior; el segundo, de terribles luchas interiores, dudas y escrúpulos acerca pasadas, con tentaciones de suicidio; el tercero consolaciones e ilustraciones divinas, que tuvieron por objeto el misterio de la Eucaristía y otros. Por efecto de estas luces llegó a decir que, aunque no hubiese la Sgda. Escritura, él creería en los artículos de la fe solamente por la luz que había recibido en Manresa. La más extraordinaria de estas gracias fue la que suele llamarse “eximia ilustración”, que recibió a orillas del río Cardoner, una vez que se dirigía al monasterio de San Pablo. No precisó a su confidente, el P. Luis Gonçalves da Càmara lo que allí se le comunicó, pero sí que desde aquel momento “Le parecía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto que tenía antes". Añadió que, si juntase todas las ayudas que había recibido de Dios hasta entonces (en 1555), «no le parece haber alcanzado tanto como de aquella vez sola». A esta ilustración aludía, con toda probabilidad, al fin de su vida cuando, al ser preguntado por algunas cosas introducidas en la Compañía de Jesús, se refería a «un negocio que pasó por mí en Manresa). Lo que allí vio, probablemente, fue el nuevo rumbo que había de imprimir a su vida: cambiar el ideal del peregrino solitario por el de trabajar en bien de las almas, con compañeros que quisiesen seguirle en la empresa. En este sentido deben entenderse las meditaciones del Reino y de las Banderas, de los Ejercicios, en las que Jerónimo Nadal vio una estrecha relación con el fin que se había de dar a la Compañía de Jesús. En este tiempo de Manresa hizo «cuanto a la substancia», según expresión de Diego Laínez, los Ejercicios Espirituales, que practicó antes de escribirlos. Como dice Polanco «después el uso y experiencia de muchas cosas le hizo más perfeccionar su primera invención; que, como mucho labraron en su misma ánima, así él deseaba con ellos ayudar a otras personas”.
En febrero 1523 dejó Manresa para ir a Barcelona, desde donde, hacia el 20 marzo, se embarcó para Gaeta, para proseguir viaje a Roma. El documento pontificio concediéndole el permiso para peregrinar a Jerusalén lleva la fecha del 31 marzo 1523. Después de pasar en Roma la fiesta de Pascua (5 abril), el 13 ó el 14 emprendió el viaje a Venecia. Allí participó, junto con los demás peregrinos, en la procesión del día de Corpus. No teniendo dinero para pagarse el viaje a Jerusalén ni queriendo servirse de los buenos oficios del embajador de España, gracias a la recomendación de un español que le había socorrido a su llegada a Venecia, tuvo una audiencia con el dux Andrea Gritti, quien mandó que fuese admitido en el barco que llevaba a Chipre al nuevo embajador de la Serenísima. De la peregrinación a Jerusalén se tienen detalles, además de los consignados por Iñigo en sus memorias, por las relaciones escritas por dos de sus compañeros: el zuriqués Meter Füssly y el estrasburgués Philipp Hagen. Embarcándose en Venecia el 14 de julio de 1523, llegaron a Jerusalén el 4 de septiembre. Iñigo siguió a sus compañeros en la visita a los Santos Lugares. Pero su intención secreta era quedarse allí establemente, en parte para satisfacer a su devoción y en parte para ejercitar su apostolado con sus habitantes. Con todo, el provincial de los franciscanos, encargados de la Custodia de la Tierra Santa, se opuso tenazmente a aquel proyecto por el peligro que corría la seguridad personal de los forasteros en la región. Iñigo se vio, pues, forzado a renunciar a su sueño y emprender el viaje de vuelta. Salió de Jerusalén el 23 de septiembre y, tras muchas peripecias, llegó a Venecia a mediados de enero de 1524.
III. ESTUDIOS (1524-1535)
Durante todo el viaje estuvo pensando qué haría en adelante. Su decisión fue estudiar en Manresa, bajo la dirección de un monje cisterciense del monasterio de San Pablo, pero cuando fue a visitarlo, se enteró de que había muerto. Se instaló entonces en Barcelona, donde una bienhechora, Isabel Roser, se comprometió a cuidar de su sustento, y un maestro de gramática, el bachiller Jerónimo Ardévol, a enseñarle gratis. Así, a sus 33 años, empezó a estudiar latín. Tropezó con una dificultad, que resolvió con el recurso al discernimiento espiritual. Cuando se ponía a estudiar, le venían grandes ilustraciones espirituales que, al estorbarle en el estudio, vio que no procedían del buen espíritu. Prometió, entonces, en la iglesia de Santa María del Mar, a su maestro que asistiría a sus lecciones por dos años, mientras encontrase pan y agua para sustentarse. Con esta reacción eficaz venció aquella tentación contra sus estudios. Sin embargo, no pudo menos de dar desahogo a su celo, conversando con personas espirituales y dando los ejercicios a algunas de ellas. Además, reunió a sus tres primeros compañeros, que le siguieron a Alcalá y Salamanca.
Pasados dos años, siguió el consejo de su maestro y se trasladó a Alcalá para cursar la filosofía. Estuvo en la ciudad desde marzo 1526 a junio 1527, dedicado más a sus actividades apostólicas que al estudio. Dio a algunas personas los Ejercicios leves, según las normas de la anotación 18º del libro. El extraño modo de vestir que él y sus compañeros usaban y sus reuniones para hablar de cosas espirituales, infundieron sospechas en las autoridades eclesiásticas, precavidas contra las desviaciones de los alumbrados de la región. Se le hicieron tres procesos. En el primero, los inquisidores interrogaron a algunos testigos, tras lo cual dejaron la causa en manos del vicario diocesano en Alcalá, Juan Rodríguez de Figueroa. Este impuso a Iñigo y a sus compañeros que tiñesen sus vestidos. Pasando adelante en los interrogatorios, fue encarcelado por espacio de cuarenta y dos días. El 1 junio 1527 se dio la sentencia, por la que se les mandaba que cambiasen sus vestidos por los ordinarios de los estudiantes y que no enseñasen a nadie los mandamientos ni otras cosas de la fe católica, hasta haber estudiado tres años cumplidos. Viendo que se le impedía ayudar a las almas, decidió seguir sus estudios en Salamanca, donde encontró las mismas dificultades. Sus conversaciones espirituales suscitaron sospechas entre los dominicos del convento de San Esteban, que le sometieron a interrogatorio: hablar de cosas de Dios sólo podía hacerlo quien hubiese estudiado o quien recibiese luz especial del Espíritu Santo. Iñigo no había estudiado, luego hablaba por el Espíritu; y esto es lo que a ellos les hacía sospechar. Si en Alcalá había prevención contra los alumbrados, en Salamanca la había contra el movimiento erasmista. Iñigo y Calixto de Sa, su compañero, fueron puestos en la cárcel durante un proceso que llevó adelante el bachiller Sancho Gómez de Frías. A éste dio Iñigo «todos sus papeles, que eran los Ejercicios», para que los examinase. El punto más delicado en el que se fijaron los jueces fue el de la distinción entre pecado mortal y pecado venial. La duda fue la misma que en Alcalá: ¿cómo podía hablar de aquellas materias sin haber estudiado? A los veintidós días de cárcel, se les comunicó la sentencia: no había nada contra su vida o doctrina, pero se les ordenó que no declarasen si una cosa era pecado mortal o venial hasta después de haber estudiado cuatro años. La sentencia, pues, recalcaba la de Alcalá. Quedó libre, pero viendo que se le cerraban las puertas para el apostolado, se determinó ir a París para proseguir sus estudios.
Llegó a París el 2 febrero 1528 y decidió repetir los estudios de humanidades en el colegio de Montaigu. Para su alojamiento escogió el hospicio de Santiago, destinado a los peregrinos de Compostela, pero, a causa de la distancia del colegio, tuvo que procurarse otra habitación. Pensó ponerse al servicio de algún profesor, pero no lo halló. Decidió entonces ir cada año a Flandes a pedir ayuda económica a los mercaderes españoles de Brujas y Amberes. Estos viajes los hizo en 1529, 1530 y 1531. 
Este último año fue a Londres, volviendo con más dinero que otras veces. Con lo que recaudaba, podía no sólo proveer a su mantenimiento, sino aun ayudar a otros estudiantes.
Al regreso del primero de estos viajes intensificó sus conversaciones espirituales y dio los ejercicios a tres estudiantes, que cambiaron totalmente su vida. Esto disgustó al rector del colegio de Santa Bárbara, que amenazó a Iñigo con el castigo llamado la sala, consistente en azotar al castigado en una sala del colegio. Delatado al inquisidor Mateo Ory, Iñigo se presentó ante él, que le dijo que en efecto se le habían quejado sobre su conducta, pero que no pensaba imponerle ninguna sanción. Cursó la filosofía en el colegio de Santa Bárbara, donde tuvo como compañeros al saboyano Pedro Fabro y al navarro Francisco Javier. Maestro de todos ellos era Juan Peña, de la diócesis de Sigüenza. Los estudios filosóficos comprendían tres cursos: los dos primeros trataban las súmulas y la lógica, el tercero la física, metafísica y ética de Aristóteles. Iñigo obtuvo el grado de bachiller en Artes en 1532, el de licenciado en 1533 y el de maestro en 1535, aunque el diploma lleva la fecha de 14 marzo 1534, al estar datado al modo de París, donde el año comenzaba a partir del día de Pascua, que en 1534 cayó en el 5 abril. Estudió teología durante año y medio, teniendo que interrumpirla por motivos de salud.

IV. HACIA LA FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS (1535-1540)
Entre tanto se habían juntado con Iñigo los compañeros que habían de fundar con él la Compañía de Jesús. Todos ellos se proponían «servir a nuestro Señor, dejando todas las cosas del mundo», como escribió Laínez, uno de ellos. Este plan se concretó en el voto de Montmartre, que pronunciaron el 15 agosto 1534 y lo renovaron el mismo día los dos años siguientes. En aquel voto prometieron vivir en pobreza y realizar una peregrinación a Jerusalén. Si esperado un año, la peregrinación resultase imposible, se ofrecerían al Papa, para que él los enviase allá donde juzgase más conveniente. Hubo un punto que dejaron en suspenso: si, una vez llegados a Jerusalén, permanecerían allí o regresarían. Por primera vez aparece en este voto la persona del Papa como vicario de Cristo.
Iñigo salió de París para su tierra natal a principios de abril. Al motivo de cuidar de su salud, se añadía el de visitar a los parientes de sus compañeros españoles, que no pensaban volver a su tierra, y resolver allí sus asuntos pendientes. Llegado a Azpeitia, estuvo tres meses, viviendo en el hospital, sin querer hospedarse en su casa de Loyola, a pesar de los ardientes ruegos de su hermano. Aprovechó aquella estancia para promover por todos los medios que pudo el bien espiritual y moral de sus paisanos. Hizo que se tocasen cada día las campanas de la parroquia y de las ermitas del término de Azpeitia para que al oírlas, todos rezasen un Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri por los que estuviesen en pecado mortal. Cortó los abusos del juego, los amancebamientos y uniones ilícitas. Promovió la creación de una obra para el socorro de los pobres vergonzantes. Logró poner fin a una larga controversia que oponía al clero y al patrono de la parroquia de Azpeitia con un convento de monjas de la Tercera Orden de san Francisco. Estando él allí y actuando como testigo, se firmó el 18 mayo 1538 un acuerdo entre las partes.
Iñigo salió de Azpeitia el 23 julio 1535 y se dirigió al pueblo de Obanos (Navarra), donde entregó una carta de Javier a un hermano suyo. Pasó a Almazán (Soria), y visitó al padre de Laínez. Otras etapas de su viaje fueron Sigüenza, Madrid y Toledo. En la cartuja de Vall de Cristo (Segorbe) visitó a su antiguo ejercitante de París, Juan de Castro. Prosiguió a Valencia, desde donde se embarcó para Italia. 
Pasó todo el año 1536 en Venecia, completando sus estudios teológicos y ejercitando el apostolado con conversaciones y Ejercicios. Allí vivió con las limosnas que le enviaron sus amigos de Barcelona y fue acogido en su casa por un señor «muy docto y bueno», que parece haber sido Andrea Lippomano, prior de la Trinidad. Mientras tanto, esperaba a sus compañeros que salieron de Paris el 15 de noviembre de 1536. Tras un viaje de cincuenta y cuatro días en medio de las inclemencias del invierno llegaron a Venecia el 8 enero 1537. Todos ellos, menos Ignacio, salieron el 16 marzo para Roma, a pedir permiso al Papa para peregrinar a la Tierra Santa. Lo obtuvieron el 27 abril, al mismo tiempo que la licencia para recibir las órdenes sagradas los no sacerdotes, de parte de cualquier obispo, aunque fuese fuera de las cuatro Témporas del año. El día de Corpus, 31 mayo, participaron en la procesión, junto con los demás peregrinos de Jerusalén. Pero este año no salió ningún barco con peregrinos, por los insistentes rumores de guerra con los turcos.
Ignacio y sus compañeros recibieron las órdenes de mano de Vicente Negusanti, obispo de Arbe (actual Rab, Croacia). Ignacio difirió la celebración de su primera misa año y medio, hasta la noche de Navidad de de 1538. Deseaba prepararse mejor para acto tan importante, aunque quería, además, celebrarlo en Belén o en otro de los lugares de la Tierra Santa. El grupo de compañeros tuvo que reconocer finalmente que la proyectada peregrinación era imposible y, en consecuencia, decidió ponerse a disposición del Papa. Pero antes de salir de Venecia Ignacio tuvo que resolver un caso judicial. Había sido acusado de ser un fugitivo de España y de París, perseguido por la Inquisición. El legado pontificio Verallo confió la causa a su vicario Gaspar de’Dotti, quien instituyó un proceso en toda regla, tras el cual pronunció una sentencia absolutoria, el 13 octubre 1537. Ignacio emprendió el viaje a Roma, con Fabro y Laínez, a fines de octubre. Durante todo el viaje experimentó muchos sentimientos espirituales, especialmente al recibir la comunión. Uno prevaleció sobre los demás: una gran confianza de que Dios les sería propicio en Roma. Al llegar a un lugar, llamado La Storta, a 16,5 kilómetros de Roma por la vía Cassia, tuvo una experiencia espiritual de excepcional trascendencia. Relata en su Autobiografía (n. 96) que "haciendo oración, tuvo tal mutación en su alma y ha visto tan claramente que el Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no sería capaz de dudar de que el Padre le ponía con su Hijo". Con esta expresión reveló la unión que desde entonces sintió con Cristo. Laínez completó estos datos, añadiendo que la visión fue trinitaria, y que en ella el Padre, dirigiéndose al Hijo, le decía: " Yo quiero que tomes a éste como servidor tuyo" y Jesús, a su vez, volviéndose hacia Ignacio, le dijo: "Yo quiero que tú nos sirvas" (FontNarr 2:133). La idea del servicio divino, tan central en los ejercicios, recibía una confirmación definitiva. Aparte del influjo que ejerció en la vida interior de Ignacio, esta visión tuvo claras repercusiones en la fundación de la Compañía de Jesús, empezando por el nombre de la nueva Orden, un nombre que era todo un programa: ser compañeros de Jesús, alistados bajo su bandera, para emplearse en el servicio de Dios y bien de los prójimos.
En noviembre 1537, Ignacio entró definitivamente en Roma. Allí, mientras los otros compañeros se dedicaban a otras tareas apostólicas, él daba Ejercicios. Merecen señalarse los que dio en Montecassino al doctor Pedro Ortiz, durante la cuaresma de 1538. En este año tuvieron que sufrir los ataques de algunas personas influyentes, que esparcieron rumores contra su vida y doctrina, repitiendo la acusación de que eran fugitivos, ya procesados en otras ciudades por la Inquisición. La consecuencia fue que los fieles se iban alejando de ellos; pero el mayor peligro consistía en que, si las calumnias prosperaban, les sería imposible realizar los proyectos que iban madurando. Por eso Ignacio quiso firmemente que se instruyese un proceso formal, acabado con una sentencia. Procuró y obtuvo una audiencia del Papa en Frascati, que mandó al gobernador de Roma, encargado de la justicia, que instruyese un regular proceso. Fue providencial el por aquel tiempo coincidiesen en Roma todos aquellos que habían juzgado a Ignacio en Alcalá, París, principales del nuevo Instituto. Fueron aprobadas por los seis Padres presentes en Roma. Tras este paso, el 8 abril se procedió a la elección de su primer General, que recayó, por voto unánime, en Ignacio. Éste había dado el suyo a aquel que tuviese más votos. Conocida su elección, pidió que se repitiese después de una más madura reflexión. Pero la segunda votación, del día 13, arrojó el mismo resultado. Entonces, Ignacio pidió tiempo para deliberar, y puso el asunto en manos de su confesor, el franciscano Teodosio de Lodi, del convento de San Pedro in Montorio. Allí Ignacio, en una confesión que duró tres días, expuso a su confesor toda su vida y su estado presente, con enfermedades y miserias corporales. El franciscano fue de parecer que debía aceptar y, a petición de Ignacio redactó un informe escrito. Entonces, Ignacio aceptó la designación. Era el 19 abril. Tras la elección del General, el 22 del mismo mes hicieron todos los presentes la profesión en la basílica de San Pablo extramuros; los ausentes la hicieron en fechas y lugares diferentes. 

V. ACTIVIDAD EN ROMA COMO GENERAL (1540-1556) 
Salvo brevísimas ausencias, Ignacio permaneció en Roma el resto de su vida. Resumiendo su actividad durante el generalato, pueden distinguirse en él dos aspectos: su apostolado directo en la ciudad de Roma y su acción de gobierno de la Compañía de Jesús. 
En los quince años de su gobierno logró dar a la Compañía de Jesús una organización ejemplar, infundirle un espíritu y abrirle las puertas hacia un apostolado misionero. No quiso tener hábito propio ni coro ni penitencias impuestas por regla ni tiempos determinados de oración para los jesuitas formados. Todo ello para que los jesuitas tuviesen aquella movilidad y disponibilidad que exigía su forma de vida y su proyecto apostólico. Por lo mismo, no admitió una rama femenina de la Compañía de Jesús ni quiso aceptar el cuidado habitual de religiosas sujetas a su obediencia. Tampoco admitió dignidades eclesiásticas o civiles.
Ignacio fue, a un mismo tiempo, un incansable hombre de acción y un ferviente contemplativo. Su más noble ideal fue promover la mayor gloria de Dios por todos los medios a su alcance. Como hombre de gobierno, dirigió a sus súbditos con prudencia y discreción. Amaba a todos con amor de padre, y todos se sentían amados por él. Puso un acento especial en la virtud de la obediencia, tanto como ejercicio de virtud, como por ser instrumento de cohesión y eficacia en la labor apostólica. En su vida personal fue un gran contemplativo, que experimentó especiales comunicaciones divinas. Su unión con Dios adquirió un tono más elevado en la celebración de la Misa, durante la cual fue dotado del don de lágrimas. A veces no podía celebrarla por la debilidad de su salud, a la que perjudicaban tan fuertes emociones.
Además del tiempo dedicado a la oración formal, practicaba y recomendaba a los demás el ejercicio de buscar a Dios en todas las cosas o, como escribió Nadal con frase feliz, fue "contemplativo en la acción". 
Su salud se resintió toda la vida de las ásperas penitencias practicadas después de su conversión. Siempre tuvo dolores de estómago; pero la autopsia, que le practicó el mismo día de su muerte el cirujano Realdo Colombo, demostró que su enfermedad consistía en una litiasis biliar, con reflejos que repercutían en el estómago. Murió en la madrugada del 31 julio 1556. Su cuerpo fue sepultado en la pequeña iglesia de Santa Maria de la Strada y, en sucesivas traslaciones, depositado en el actual altar de dedicado a él en la iglesia del Gesù (Roma). Beatificado el 27 julio 1609 fue canonizado por Gregorio XV el 12 marzo 1622 junto con Francisco Javier, Teresa de Jesús, Isidro Labrador y Felipe Neri. Pío XI le nombró (1922) patrono de los Ejercicios Espirituales y de las obras que los promueven.



jueves, 16 de julio de 2015

FIESTA DE NUESTRASEÑORA DEL CARMEN o DELSANTO ESCAPULARIO

AÑO CRISTIANO P. CROISSET



¡Oh Dios!, que ennobleciste a la Orden del Carmelo con el singular título de la beatísima Virgen María tu Madre: concédenos propicio que cuantos hoy celebramos solemnemente su conmemoración, fortalecidos con su valimiento merezcamos llegar a los goces sempiternos. (Oración Colecta de la Misa de la Fiesta)


Siendo tan célebre y tan autorizada en la Iglesia la fiesta do nuestra Señora del monte Carmelo, llamada vulgarmente (en otras partes) la fiesta del Escapulario, es muy justo referir su historia en este día, singularmente consagrado a tan santa devoción, aprobada por tantos pontífices, confirmada con tantos milagros, establecida con tanto fruto en casi todas las partes del mundo cristiano, y en todas con tan visible provecho de los fieles. Hacia muchos siglos que los padres carmelitas florecían en la Iglesia, con especialidad en el Oriente, donde a pesar del furor de los bárbaros, de los sarracenos y de los musulmanes, se mantenían encarcelados en las cavernas del monte Carmelo, tomando de aquí el nombre de carmelitas. Hacía, vuelvo a decir, muchos años que florecía en el Oriente esta sagrada familia, tan célebre y tan respetable por su pública y especial devoción a la santísima Virgen, cuando los europeos pasaron a la Palestina con el fin de libertar los cristianos y los santos lugares donde se obró nuestra redención de la opresión de los infieles; y enamorados no menos de la virtud que de la penitente vida de aquellos santos ermitaños del monte Carmelo, los persuadieron que se trasladasen a Europa. En efecto, hacia la mitad del siglo decimotercio pasaron algunos de ellos a Francia en compañía del santo rey san Luis, y fue su primer establecimiento en cierta ermita a una legua de Marsella, llamada el Aigallades. Declaróse por su protector el piadosísimo monarca, y los extendió por otras muchas partes de sus estados, mientras algunos de ellos resolvieron embarcarse para Inglaterra, donde la divina Providencia les tenia destinado un sujeto, que por su extraordinario mérito y por su rara santidad muy en breve había de dar grande esplendor a su orden. Era el célebre Simón Stock, inglés de nación, de las más nobles familias del país, pero más esclarecido por su inocencia y por su eminente virtud, que por su ilustre nacimiento (La Colombier, Serm. 35). Prevenido desde su niñez con extraordinarias gracias, a los doce años de edad fue conducido a un desierto por el espíritu de Dios. Practicó desde luego penitencias increíbles: sustentábase de raíces y de yerbas; una clara fuentecilla le ofrecía el agua para apagar la sed; su cama, su celda y su oratorio se reducían al hueco de un viejo tronco, donde solo podía estar en pie, tan estrecho, que no le permitía revolverse a ningún lado; y de aquí se le dio el sobrenombre de Stock, que en lengua inglesa quiere decir tronco de árbol. Su continuo ejercicio era la oración, con la cual se purificó lauto aquella alma, que los ángeles, cuya pureza igualaba, casi nunca le abandonaban en aquella soledad. Al mismo paso que su asombrosa penitencia, crecía también la tierna devoción que casi desde la cuna había profesado á la santísima Virgen; y aseguran los autores de su vida que los más de los días le visitaba esta Señora en su desierto, donde era tan íntima y tan familiar su conversación con Dios, que los espirituales consuelos de su alma parecían auroras o precursores de las dulzuras del cielo. Treinta y tres años llevaba Simón de aquella angelical vida, cuando entraron en Inglaterra los ermitaños del monte Carmelo, que habían venido de Oriente, y comenzaron a mostrar en aquel reino el mismo fervoroso celo que les había adquirido tanta veneración y tanto honor en toda la Palestina. Tuvo noticia de su arribo el santo solitario por una revelación; y habiéndole declarado la santísima Virgen cuan grata era aquella orden a sus maternales ojos, y que sería muy de su agrado que él se agregase a ella, dejó al punto el desierto, buscó a los padres, arrojóse a sus pies, y abrazó su instituto sometiéndose a su gobierno. No hay mayor prueba de la especial estimación que hizo entonces la Reina de los cielos de aquella dichosa orden, que haberle dado al más querido de todos sus fieles siervos. Parece que la Virgen santísima se había encargado, por decirlo así, de formarle por su mano desde sus más tiernos años, y de enriquecerlo con los más preciosos dones, sólo para regalársele a aquella orden tan querida suya y para que fuese muy presto uno de sus mayores ornamentos. Admitido Simón entre los religiosos del Carmen no echó de menos la compañía de los ángeles que gozaba en el desierto. Apenas hizo la profesión religiosa cuando deseó pasar a la Tierra Santa para beber en la fuente del espíritu doble que había animado al gran Elías. Visitó descalzo los lugares santos que el Salvador consagró con su presencia; y llegando al monte Carmelo, se detuvo seis años en él, haciendo una vida tal, que se pudo llamar un éxtasis continuado, sin otra comunicación en todo aquel tiempo que con los espíritus celestiales. Dícese también que la santísima Virgen cuidó de sustentarle de un modo milagroso. Vuelto, en fin, a Inglaterra, extendió por toda ella aquel fuego divino que se apoderó de su corazón en el monte Carmelo; de manera que, comunicado a toda la isla, no quedó menos asombrada de las portentosas conversiones que se seguían a su predicación, que de los frecuentes milagros con que eran acompañadas. Íbale disponiendo la gracia como por diversos grados de perfección a más singulares favores que el cielo le preparaba. Elevado al cargo de superior general por unánime consentimiento de sus hermanos, se aplicó con el mayor empeño a avivar el sagrado fuego de la devoción a la Virgen en una orden que se honraba con su nombre, y aun se gloriaba de haberle dedicado altares casi desde el nacimiento de la Iglesia.
Tuvieron su efecto los esfuerzos de su fervoroso celo, porque el devoto general tuvo el consuelo, no solo de ver renovada en la orden con nuevo fervor la tierna devoción a la Madre de Dios, sino de verla igualmente extendida y comunicada a todos los pueblos. Creció en Simón la confianza con la ternura, y se sintió movido interiormente a pedir interiormente a la Reina da los cielos algún nuevo y especial favor, así para la orden, como para los fieles. Después de muchos años de lágrimas, de penitencias y de ruegos, se rindió. al fin, la Madre de misericordia a las instancias de su fidelísimo siervo. Dice la historia que un día se le apareció esta Señora, rodeada de innumerable multitud de espíritus celestiales con un escapulario en la mano, y alargándoselo al santo, le dijo estas dulces palabras: «Recibe, amado hijo mío, este escapulario para ti y para tu orden, como una prenda de mi especial benevolencia y protección, que sirva de privilegio a todos los carmelitas Dilectissime fili, recipe tui ordinis scapulare meae; confraternitalis signum tibi, et cunctis carmelitis privilegium. Por esta librea se han do conocer mis hijos y mis siervos. Ecce signum salutis: en él te entrego una señal de predestinación, y como una escritura de paz y de alianza eterna: Fadus pacis, et pacti sempiterni: con tal que la inocencia de la vida corresponda a la santidad del hábito. El que tuviere la dicha de morir con esta especial divisa de mi amor, no padecerá el fuego eterno, y por singular misericordia de mi querido Hijo gozará de la bienaventuranza : In quo quis moriens, aeternum non patietur incendium.» Apenas se publicó en el mundo una devoción de tanto consuelo y de tanto provecho, hecha a un varón tan santo, cuando los reyes y los pueblos tomaron a competencia el escapulario de la Virgen, y se alistaron en la cofradía dedicada a su servicio. Creció la ansiosa y devota competencia con los muchos milagros que obró Dios para manifestar lo mucho que le agradaba aquella devoción. Por tanto, se puede en algún modo decir que, entre todos los piadosos ejercicios que el cielo ha inspirado a los fieles para honrar a la Madre de Dios, acaso no hay otro más ruidoso que el de su santo escapulario, pues parece que ningún otro ha sido confirmado con tantos y tan auténticos prodigios. ¡Cuántos incendios se han apagado con su virtud (P. La Colombier)! ¡cuántas veces, dice un gran siervo de Dios, se conservó el mismo escapulario ileso en medio de las llamas! ¡cuántas libertó hasta los vestidos y hasta los cabellos de muchos que se hallaron envueltos entre voraces incendios! Hoy mismo se experimenta a cada paso de cuánto auxilio es el santo escapulario en los naufragios. Pocos hay que alguna vez no hayan sido testigos de lo que respetan las olas a esta sagrada divisa. Se ha visto a muchos, que, cayendo eu los ríos o en el mar, quedaron como suspendidos en las aguas, escapándose de una muerte inevitable por virtud del santo escapulario. No pocos, precipitados de espantosos despeñaderos, se mantuvieron como suspensos en el aire, sostenidos milagrosamente del escapulario asido a la punta de un peñasco. Detiene hasta la violencia del trueno, y divierte la dirección del rayo a pesar de su velocidad y sutileza. ¡Cuántas fiebres mortales y contagiosas, cuántas violentas tentaciones, cuántas enfermedades incurables desaparecieron por la virtud del santo escapulario! Nunca acabaríamos si se quisieran referir lodos los funestos accidentes, todos los géneros de muertes de que ha preservado a los verdaderos siervos de María esta piadosa devoción. Notorio es a todo el mundo lo que sucedió en el último sitio de Montpelier a la vista de todo un ejército. Recibió un soldado en el asalto un mosquetazo en el pecho sin padecer lesión alguna, habiéndose detenido la bala como por respeto en la superficie anterior del santo escapulario. Fue testigo de esta maravilla el mismo rey Luis XIII de feliz y triunfante memoria a cuya vista el devoto monarca se vistió luego aquella santa cota, como lo hizo san Luis luego que se descubrió al mundo este tesoro. El difunto rey Luis el Grande, cuyo famoso reinado, inmortal en la memoria por tantos prodigiosos sucesos, será la admiración de los siglos, este gran monarca, desde los primeros años de su floreciente imperio se puso bajo la protección de la Virgen, tomando su santo escapulario. A su imitación hicieron lo mismo muchos príncipes; y habiendo ya quinientos años que se estableció en la Iglesia esta devoción, cada día se extiende, se aviva y se aumenta más en todas las naciones con indecible, con inmenso provecho de los fieles. Luego que se descubrió fue aprobada por los vicarios de Cristo; porque, sabiendo muy bien la santísima Virgen que las más especiosas devociones no son estimables mientras la silla apostólica no las autorice, la misma soberana Reina dio a conocer al papa Juan XXII los privilegios singulares de esta devoción, como lo afirma el mismo papa en su bula Sacratissimo, de la que hacen mención en las que expidieron en favor del santo escapulario los papas Alejandro V, Clemente VII, Paulo III, Paulo IV, san Pío V y Gregorio XIII; de suerte que siete grandes pontífices conspiraron, por decirlo así, en encender más y más esta devoción en el corazón de los fieles, por el sinnúmero de indulgencias que concedieron a los que se alistasen en tan piadosa cofradía. ¿Qué prenda más dulce, ni de mayor consuelo de la especial protección de María? ¿ qué motivo más sólido para fundar una piadosa confianza ? El que solicitó esta divisa de la especial protección de la Madre de Dios fue uno de sus más amantes siervos, y él mismo es quien asegura haberla conseguido. Autorizóla el cielo por el oráculo de los vicarios de Cristo y por la voz de los milagros. Ningún ca tólico duda de esta poderosa protección. Sábese que san Buenaventura no señala otros límites a lo que puede la intercesión de María, que los que reconoce el poder de Dios. Asegura san Antonino que, para alcanzar, no ha menester mas que pedir. Adelanta el bienaventurado Pedro Damiano que se presenta al trono de su Hijo, no ya como sierva sino como Madre, y que sus súplicas pueden tener como fuerza de decretos: Accedit ad aureum humanae reconciliationis altare, non orans, sed imperans, domina, non ancila. ¿Cómo es posible que sea eternamente infeliz, dice el mismo padre, un hombre por quien María haya intercedido una sola vez? Aeternum va non sentiat, pro quo tel semel oraverit María. Al abad Gualrico, discípulo de san Bernardo, le parece ser casi lo mismo merecer uno la protección de la Virgen, que asegurarse de la posesión del paraíso: Nullatenus censendum est majoris esse felicilatis habitare in sinu Ábrahae, quám in sinu Mariae?, Bien sabidos son los devotos afectos de san Anselmo en este particular. Cree que no es posible perecer en el servicio de la Reina de los
ángeles; a ella dirige estas palabras tan memorables y tan frecuentemente repetidas: Omnis ad te conversus, et á te respectus, impossibile est ut pereat. No dijo menos que todos los demás san Germán, obispo de Constantinopla, cuando dijo que la protección de la Virgen era muy superior a todo cuanto nosotros podíamos concebir: Patrocinium Virginis majus est, quám ut possit intelligentia apprehendi. No solo consiguen en esta vida la protección particular de la santísima Virgen los que traen su devoto escapulario, sino que también la disfrutan en la otra los que le trajeron en esta, y fueron verdaderos siervos de María. Una madre tan tierna y tan amorosa no parece posible que dejase de moverse a piedad, si viese padecer por largo tiempo los tormentos del purgatorio a sus queridos hijos. Así los tesoros de la Iglesia, que con tanta profusión han derramado los sumos pontífices en favor de los cofrades del escapulario, como la parte que tiene cada uno de ellos en las oraciones y en las buenas obras de la cofradía y de la religión del Carmelo, contribuyen mucho al alivio y más pronta libertad de los cofrades. Es cierto que la santísima Virgen a ningún alma sacará nunca del infierno pero tiene muchos medios para hacer que el pecador no muera en la impenitencia final, como una falsa confianza no sea causa de que se conserven en pecado los falsos devotos de María. Son sin duda muy ilustres y muy auténticos la mayor parte de los milagros que ha obrado Dios en favor del santo escapulario, y es razón dar un piadoso asenso a la historia del bienaventurado san Simón Stock; pero nunca el mismo que debemos a las cosas reveladas a la santa Iglesia. Tampoco se puede dudar por otra parte que la Iglesia haya autorizado una devoción tan aprobada. Y en fin, no es verosímil (dice el mismo devoto de Maria, de quien hemos sacado la sustancia de esta historia) que un Dios tan sabio como poderoso permitiese que se fundase sobre una fábula una devoción que le había de ser agradable, como lo está manifestando cada día, queriendo hacerla célebre con tan grande número de prodigios.

MEDITACIÓN. DE LA DEVOCIÓN Á LA SANTÍSIMA. VIRGEN. 

PUNTO PRIMERO. 
Considera que lo que excita más el amor y la devoción a una persona es el mérito, la gratitud y el poder, La base, por decirlo así, de la devoción que se profesa a los santos, es el concepto que se forma de sus virtudes , la experiencia de lo mucho que pueden con Dios, el conocimiento de su inclinación a hacernos bien, y la memoria de las gracias y beneficios que se han recibido por su intercesión. Admiramos sus virtudes, veneramos y respetamos su poder, en esto, y singularmente en su caridad con los que están unidos a ellos con una misma unión, fundamos nuestra confianza. Pues ahora, entre todos los santos que están en la patria celestial, ¿cuál de ellos tuvo más sublime santidad, cuál tiene más poder con Dios, ni de quién hemos recibido tantos beneficios como de la santísima Virgen? Más pura, más santa, más perfecta desde el primer instante de su vida que todos los santos juntos en la hora de la muerte. ¿Qué trono hay en el cielo más elevado que el suyo, superior al de todos los espíritus bienaventurados? Solo el trono de Dios es superior al trono de María. ¿Pues qué honores, mi Dios, qué homenajes no se le deben tributar? ¡Cuánto respeto, cuánta devoción, cuánto culto le debemos rendir! Es la Madre de Dios, la Reina del cielo, la Soberana del universo, la Emperatriz de los ángeles y de los hombres; no debemos, pues, admirarnos de que la veneración, la ternura y la sólida devoción a la Madre de Dios baya comenzado, por decirlo así, con la misma Iglesia; ¡Qué veneración tan profunda, qué devoción tan tierna (dice san Ildefonso) profesaron los apóstoles a la Madre del Salvador! Por satisfacer a la devota curiosidad de los primeros cristianos hizo san Lucas tantos retratos de la Virgen. Aseguran algunos autores que, aun viviendo esta Señora, le consagraron los fieles muchas capillas y oratorios. ¡Con qué elocuencia y con qué celo predicaron a los fieles las grandezas de María todos los padres de los primeros siglos, exhortándolos a una viva confianza en su poderosa protección! ¡Qué consuelo, Virgen santa (exclama san Epifanio) el de estar consagrados a vos desde nuestra tierna infancia! ¡qué dicha la de vivir a la sombra de vuestro patrocinio! Amemos a María (dice san Bernardo), amémosla con la mayor ternura; jamás se desprenda de nuestros labios su dulcísimo nombre; esté perpetuamente grabado en nuestro corazón. ¡Oh, y qué copioso manantial de gracias es la devoción á la Virgen!

PUNTO SEGUNDO.
Considera que, si las grandezas de María, si su eminente , su incomparable santidad excitan nuestra veneración, y exigen todos nuestros respetos; el gran poder que tiene con Dios, y el amor de madre con que mira a todos los hombres, merecen bien toda nuestra confianza. Acércase al trono de Dios, dice san Pedro Damiano, no como sierva que pide, sino como soberana que intercede: Domina, non ancilla: y aquel Hijo todopoderoso, que se deja obligar de las lágrimas de los mayores pecadores, ¿podrá negar cosa alguna a la intercesión de su divina Madre? ¿Puede uno ser verdadero siervo de la Madre, puede llevar su librea, y ser mal recibido del Hijo? Siendo, como dicen los padres, la dispensadora o repartidora de las gracias del Redentor, es preciso que tengan particular derecho a estas gracias los que están en su servicio. Cristo, dicen los mismos padres, es la fuente de las gracias; María es el canal por donde se derivan a nosotros. Basta estar en el servicio de un grande, basta llevar su librea, para tener parte en sus favores, para gozar de los privilegios de su casa, correspondientes a su clase y nacimiento. ¿Pues quién podrá dudar de la protección de María, si tiene la dicha de ser devoto suyo? ¡Ninguno duda de su poder; tampoco se puede dudar de su bondad y de su beneficencia. Estremécese todo el infierno al solo nombre de María, nada le irrita más que el ver a los fieles alistarse en su servicio y profesarle una tierna devoción; pero esto mismo debe excitar nuestro amor, nuestra confianza y nuestro celo. Es señal de reprobación el mirar a esta Señora con frialdad, o con indiferencia. No hay más dulce consuelo, no hay dicha mayor, ni más llena, que profesarle una constante devoción y una perfecta confianza. ¿Qué hay que temer, una vez que la Madre de Dios nos tome bajo su protección ? Si nos guía esta estrella de la mañana, no nos descaminaremos; somos pecadores, es nuestro refugio; estamos afligidos, es nuestro consuelo. Llena está la vida de escollos y de peligros; mas no hay que temerlos con la asistencia de esta Protectora: es formidable la muerte; pero en aquella hora tan crítica estará lleno de aliento y de confianza un verdadero devoto de la Madre de Dios. ¡Ah, Señor, y cuánto es mi dolor de haber tenido hasta aquí tan poco celo, tan poco amor y tan poca devoción a vuestra divina Madre! y si algún tiempo hice profesión de honrarla, y de contarme en el número de sus hijos, ¿qué muestras di de mi alistamiento y de mi ternura? ¡No me desechéis, Madre de misericordia, pues quiero consagrarme de nuevo a vuestro servicio; quiero llevar vuestra librea; alcanzadme gracia para sostener con la inocencia y con la pureza de costumbres la pública profesión que voy a hacer de estar alistado en el número de vuestros devotos siervos. 

JACULATORIAS.
Mater misericordia, vita, dulcedo, spes nostra, salve. (Eccles.) Dios te salve, Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dignare me laudare te, Virgo sacrata: da mihi virtutem contra hostes tuos. (Eccles.) D ignaos, Virgen sacratísima, aceptar las alabanzas que quiero tributaros, y dadme valor para oponerme a vuestros enemigos. 

PROPÓSITOS. 
1. Es cierto que honramos a la santísima Virgen con aquellos interiores afectos de amor y de respeto, que están como grabados en nuestros corazones hacia sus virtudes y hacia su persona; pero no es menos cierto que, cuando estos afectos se manifiestan hacia afuera, es tanto mayor su gloria, cuanto es mayor el número de los testigos a cuyos ojos se descubre nuestro celo por su santo servicio; y como esta Señora es más agradecida de lo que se puede explicar, dobla a proporción su ternura y su liberalidad. En esto logran una gran ventaja los cofrades del escapulario sobre otros devotos de la Virgen; pues como su declaración por el servicio de la Virgen parece no puede ser más pública que llevando su librea, también parece queda la misma Señora más obligada a declararse en su favor cuando se ofrecen ocasiones de protegerlos. Estima tu fortuna, reconoce tu dicha, si tienes la de traer su escapulario y estar alistado en esta santa cofradía. Si no la tienes, no pierdas tiempo, y solicítala cuanto antes. Todos, sean del estado que fueren, pueden ser admitidos en ella; pues con ningunas otras son incompatibles sus obligaciones. No te contentes con lograr tú solo ésta dicha, solicita que logren la misma tus hijos y tus triados; lo que para ti y para toda tu casa será un manantial perenne de felicidades. 
2. Es error muy pernicioso lisonjearse de ser verdadero devoto de María, mientras se está en desgracia de su Hijo. A la verdad, la devoción a la santísima Virgen es un medio muy poderoso para conseguir la gracia de la conversión; pero es preciso no poner estorbos a esta gracia, es menester que la inocencia y la pureza de costumbres prueben la devoción a esta Señora. Querer ser su devoto y ser pecador, es contradicción. No es menos una ilusión persuadirse que por haber ayunado una vez, o comulgado en una de sus fiestas, estamos ya muy introducidos en su gracia, y que no se nos pueden cerrar las puertas del paraíso. Las obligaciones de los que traen el escapulario son fáciles y ligeras, pero son obligaciones; y así nunca te dispenses en ellas. Reza todos los días siete Padre nuestros y siete Ave Marías, como tributo que deben pagar todos los que traen esta piadosa librea; comulga todas las festividades de la Virgen, y los sábados hazle algún obsequio particular, como ayunar en ellos, o cosa equivalente. Da todos los años algún público testimonio de tu amor a tu divina Protectora; renuévale todos los meses y todas las semanas y aun todos los días, ya rezándole regularmente el santo rosario, ya su Oficio Parvo, o a lo menos el de su inmaculada Concepción. Muchos cofrades comen de vigilia todos los miércoles, otros, en lugar de esta abstinencia, dan alguna buena limosna, o rezan el rosario entero. En fin, no se te pase día sin honrar el santo escapulario con alguna devoción o mortificación. 
(Para bajar en PDF, fuente Católicos Alerta: http://www.catolicosalerta.com.ar/santoral/07-16ntra-sra-del-carmen.pdf )

miércoles, 27 de mayo de 2015

EL DON DE SABIDURÍA (Dom Gueranger, El Año Litúrgica)

EL DON DE SABIDURÍA

El segundo favor que tiene destinado el Espíritu divino para el alma que le es fiel en su
acción es el don de Sabiduría superior aún al de Entendimiento. Con todo eso, está unido a este último en cierto sentido, pues el objeto mostrado al entendimiento es gustado y poseído por el don de Sabiduría. El salmista, al invitar al hombre a acercarse a Dios, le recomienda guste del soberano bien: "Gustad, dice, y experimentaréis que el Señor es suave"(1). La Iglesia, el mismo día de Pentecostés, pide a Dios que gustemos el bien, recta sapere, pues la unión del alma con Dios es más bien sensación de gusto que contemplación, incompatible ésta en nuestro estado actual. La luz que derrama el don de Entendimiento no es inmediata, alegra vivamente al alma y dirige su sentido a la verdad; pero tiende a completarse por el don de Sabiduría, que viene a ser su fin.
   El Entendimiento es, pues, iluminación; la Sabiduría es unión. Ahora bien, la unión con el Bien supremo se realiza por medio de la voluntad, es decir, por el amor que se asienta en la voluntad. Notamos esta progresión en las jerarquías angélicas. El Querubín brilla por su inteligencia, pero sobre él está el Serafín, hoguera de amor. El amor es ardiente en el Querubín como el entendimiento ilumina con su clara luz al Serafín; pero se diferencia el uno del otro por su cualidad dominante, y es mayor el que está unido más íntimamente a la divinidad por el amor, aquel que gusta el soberano bien.
   El séptimo don está adornado con el hermoso nombre de don de Sabiduría, y este nombre le viene de la Sabiduría eterna a la que aquel tiende a asemejarse por el ardor del afecto.
Esta Sabiduría increada que permite al hombre gustar de ella en este valle de lágrimas es el Verbo divino, aquel mismo a quien llama el Apóstol "el esplendor de la gloria del Padre y figura de su sustancia"(2); aquel que nos envió el Espíritu para santificarnos y conducirnos a él, de suerte que la obra más grande de este divino Espíritu es procurar nuestra unión con aquel que, siendo Dios, se hizo carne y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (3). Jesús, por medio de los misterios realizados en su humanidad, ha hecho que tomemos parte en su divinidad; por la fe esclarecida por la Inteligencia sobrenatural "vemos su gloria, que es la del hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad"(4), y así como él participó de nuestra humilde naturaleza humana, así también él, Sabiduría increada, da a gustar desde este mundo esta Sabiduría creada que el Espíritu Santo derrama en nosotros como su más excelente don.
   ¡Dichoso aquel que goza de esta preciosa Sabiduría, que revela al alma la dulzura de Dios y de lo que pertenece a Dios! "El hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios", nos dice el Apóstol (5); para gozar de este don es preciso hacerse espiritual, entregarse dócilmente al deseo del Espíritu, y le sucederá como a otros que, después de haber sido como él, esclavos de la carne, fueron libertados de ella por la docilidad al Espíritu divino, que los buscó y encontró.
   El hombre, algo elevado, pero de espíritu mundano, no puede comprender ni el objeto del don de Sabiduría ni lo que entraña el don de Entendimiento. Juzga y critica a los que han recibido estos dones; dichosos ellos si no se les opone, si no les persigue. Jesús lo dijo expresamente: "El mundo no puede recibir al Espíritu de verdad, pues no le ve ni le conoce"(6).
Bien saben los que tienen la dicha de tender al bien supremo que es necesario conservarse libres totalmente del Espíritu profano, enemigo personal del Espíritu de Dios. Desligados de esta cadena, podrán elevarse hasta la Sabiduría.
   Este don tiene por objeto primero procurar gran vigor al alma y fortificar sus potencias.
La vida entera está tonificada por él, como sucede a los que comen lo que les conviene. No hay contradicción ninguna entre Dios y el alma, y he aquí porqué la unión de ambos es fácil.
"Donde está el Espíritu de Dios allí se encuentra la libertad", dice el Apóstol (7). Todo es fácil para el alma, bajo la acción del Espíritu de Sabiduría. Las cosas contrarias a la naturaleza, lejos de amilanarla, se le hacen suaves y al corazón no lo aterra ya tanto el sufrimiento. No solamente no se puede decir que Dios se halla lejos del alma a quien el Espíritu Santo ha colocado en tal disposición, sino que es evidente la unión de ambos. Ha de cuidar, sin embargo, de tener humildad; pues el orgullo puede apoderarse de ella y su caída será tanto mayor, cuanto mayor hubiese sido su elevación.
   Roguemos al Espíritu divino y pidámosle que no nos rehúse este precioso don de Sabiduría que nos llevará a Jesús, Sabiduría infinita. Un sabio de la antigua ley aspiraba a este favor al escribir estas palabras, cuyo sentido perfecto sólo percibe el cristiano: "Oré y se me dió la prudencia; invoqué al Señor y vino sobre mí el espíritu de Sabiduría” (8). Es necesario pedirlo con instancia. En el Nuevo Testamento, el apóstol Santiago nos invita a ello con apremiantes exhortaciones: "Si alguno de vosotros, dice, necesita Sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da con largueza y sin arrepentirse de sus dones; pídala con fe y sin vacilar" (9). Aprovechándonos de esta invitación del Apóstol, oh Espíritu divino, nos atrevemos a decirte: "Tú, que procedes del Padre y de la Sabiduría, danos la Sabiduría. El que es la Sabiduría te envió a nosotros para que nos congregaras con él. Elévanos y únenos a aquel que asumió nuestra débil naturaleza. Sé el lazo que nos estreche por siempre con Jesús, medio sagrado de la unidad, y aquel que es Poder, el Padre, nos adoptará por herederos suyos y coherederos de su Hijo”(10).

1. Ps., xxxiu, 9.
2. Hebr., I, 3.
3. Philip., II, 8.
4. S. Juan, I, 14.
5. I Cor., II, 14.
6.  S. Juan, XIV, 17.
7. II Cor., III, 17.
8. Sap., Vil, 7.
9. S. Jacob, I, 5.
10. Rom,, VIII, 17.


EL DON DE ENTENDIMIENTO (Dom Gueranger, El Año Litúrgico)

EL DON DE ENTENDIMIENTO

Este sexto don del Espíritu Santo hace que el alma entre en camino superior a aquel por el que hasta ahora marchaba. Los cinco primeros dones tienen como objeto la acción. El Temor de Dios coloca al hombre en su grada, humillándole; la Piedad abre su corazón a los
afectos divinos; la Ciencia hace que distinga el camino de la salvación del camino de la perdición; la Fortaleza la prepara para el combate; el Consejo le dirige en sus pensamientos y en sus obras; con esto puede obrar ya y proseguir su camino con la esperanza de llegar al término. Mas la bondad del Espíritu divino la guarda otros favores aún. Ha determinado hacerla disfrutar en esta vida de un goce anticipado de la felicidad que la reserva en la otra. De esta manera afianzará su marcha, animará su valor y recompensará sus esfuerzos. La vía de la contemplación estará para ella abierta de par en par y el Espíritu divino la introducirá en ella por medio del Entendimiento.
   Al oír la palabra contemplación, muchos, quizá, se inquieten, falsamente persuadidos de que lo que esa palabra significa no puede hallarse sino en las especiales condiciones de una vida pasada en el retiro y lejos del trato de los hombres. He aquí un grave y peligroso error, que a menudo retiene el vuelo de las almas. La contemplación es el estado a que, en cierta medida, está llamada toda alma que busca a Dios. No consiste ella en los fenómenos que el Espíritu Santo quiere manifestar en algunas personas privilegiadas, que destina a gustar la realidad de la vida sobrenatural. Sencillamente, consiste en las relaciones más íntimas que hay entre Dios y el alma que le es fiel en la acción; si no pone obstáculo, a esa alma la están reservados dos favores, el primero de los cuales es el don de Entendimiento, que consiste en la iluminación del Espíritu alumbrado en adelante con una luz superior.
   Esta luz no quita la fe, sino que esclarece los ojos del alma fortificándola y la da una vista más profunda de las cosas divinas. Se disipan muchas nubes que provenían de la flaqueza y tosquedad del alma no iniciada aún. La belleza encantadora de los misterios que no se sentía sino de un modo vago se revela y aparecen inefables e insospechadas armonías. No se trata de la visión cara a cara reservada para la eternidad, pero tampoco el débil resplandor que dirigía los pasos. Un conjunto de analogías, de conveniencias que sucesivamente aparecen a los ojos del espíritu producen una certeza muy suave. El alma se dilata en los destellos luminosos que son enriquecidos por la fe, acrecentados por la esperanza y desarrollados por el amor. Todo la parece nuevo; y al mirar hacia atrás, hace comparaciones y ve claramente que la verdad, siempre la misma, es comprendida por ella entonces de manera incomparablemente más completa. El relato de los Evangelios la impresiona más; encuentra en las palabras del Salvador un sabor que hasta entonces no había gustado. Comprende con más claridad el fin que se ha propuesto en la institución de los Sacramentos. La Sagrada Liturgia la mueve con sus augustas fórmulas y sus ritos tan profundos. La lectura de las vidas de los santos la atraen; y nada la extraña de sus sentimientos y acciones; saborea sus escritos más que todos los otros, y siente aumento de bienestar espiritual tratando con estos amigos de Dios. Abrumada con toda clase de ocupaciones, la antorcha divina la guía para cumplir con cada uno. Las virtudes tan varias que debe practicar se hermanan en su conducta; ninguna de ellas es sacrificada a la otra, puesto que ve la armonía que debe reinar entre ellas. Está tan lejos del escrúpulo como de la relajación y atenta siempre a reparar en seguida las pérdidas que ha podido tener. Algunas veces el mismo Espíritu divino la instruye con una palabra interior que su alma escucha e ilumina su situación con nuevos horizontes.
   Desde entonces el mundo y sus falsos errores son tenidos por lo que son y el alma se purifica por lo demás del apego y satisfacción que podía tener aún por ellos. Donde no hay más que grandezas y hermosuras naturales aparece mezquino y miserable a la mirada de aquel a quien el Espíritu Santo dirige a las grandezas y hermosuras divinas y eternas. Un solo aspecto salva de su condenación a este mundo exterior que deslumbra al hombre carnal: la criatura visible que manifiesta la hermosura divina y es susceptible de servir a la gloria de su autor. El alma aprende a usar de ella con hacimiento de gracias, sobrenaturalizándola y glorificando con el Rey Profeta, al que imprimió los rasgos de su hermosura en la multitud de seres que con frecuencia son causa de la perdición del hombre, aunque fueron determinados a ser escalas que le conducirían a Dios.
   Además, el don de Entendimiento da a conocer al alma el conocimiento de su propio camino. La hace comprender la sabiduría y misericordia de los planes de lo alto que frecuentemente la humillaron y condujeron por donde ella no pensaba caminar. Ve que, si hubiese sido dueña de su misma existencia, habría errado su fln, y que Dios se le ha hecho alcanzar, ocultándole desde un principio los designios de su Paternal Sabiduría. Ahora es feliz, porque goza de paz, y su corazón es pequeño para dar gracias a Dios que la conduce al término sin consultarla. Si por casualidad tuviere que aconsejar o dirigir, bien por deber o por caridad, se puede confiar en ella; el don de Entendimiento lo explota por igual para sí misma como para los demás. No da lecciones, con todo eso, a quien no se las pide; pero si alguno la pregunta, responde, y sus respuestas son tan luminosas como la llama que las alienta.
   Así es el don de Entendimiento, luz del alma cristiana, y cuya acción se deja sentir en ella en proporción a su fidelidad en el uso de los demás dones. Se conserva por medio de la humildad, de la continencia y el recogimiento interior. La disipación, en cambio, detiene su desarrollo y hasta podría ahogarle. En la vida ocupada y cargada de deberes, aun en medio de forzosas distracciones a las que el alma se entrega sin dejarse avasallar por ellas, el alma fiel puede conservarse recogida. Sea siempre sencilla, sea pequeña a sus propios ojos y lo que Dios oculta a los soberbios y manifiesta a los humildes (1), la será revelado y permanecerá en ella. Nadie pone en duda que semejante don es una ayuda inmensa para la salvación y santificación del alma. Debemos pedírselo al Espíritu Santo de todo corazón, estando plenamente convencidos de que le obtendremos más bien que por el esfuerzo de nuestro espíritu, por el ardor de nuestro corazón. Es cierto que la luz divina, objeto de este don, se asienta en el entendimiento, pero su efusión proviene más bien de la voluntad inflamada por el fuego de la caridad, según dijo Isaías: "Creed, y tendréis entendimiento"(2). Dirijámonos al Espíritu Santo y, sirviéndonos de las palabras de David, digámosle: "Abre mis ojos y contemplaré las maravillas de tus preceptos; dame inteligencia y tendré vida"(3). Instruidos por el Apóstol, expresemos nuestra súplica de manera más apremiante apropiándonos la oración que él dirige a su Padre Celestial en favor de los fieles de Éfeso, cuando implora para los mismos: el Espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él, iluminando los ojos de vuestro corazón. Con esto entenderéis cuál es la esperanza a que os ha llamado, cuáles las riquezas y la gloria de la herencia otorgada a los santos (4).

1 .Lucas, X, 21.
2. Isaías, VI, 9, citado también por loa Padres griegos y latinos.
3. Ps., CXVIII.
4.  Eph,, I, 17-18.

EL DON DEL CONSEJO (Dom Gueranger, El Año Litúrgico)

EL DON DEL CONSEJO

El don de Fortaleza, cuya necesidad en la obra de la santificación del cristiano hemos reconocido, no bastaría para darnos la seguridad de este resultado si el Espíritu divino no hubiese procurado unirlo a otro don que va a continuación y que preserva de todo peligro. Este nuevo beneficio consiste en el don de Consejo. A la fortaleza no se la puede dejar a sí misma; necesita un elemento que la dirija. El don de ciencia no puede ser este elemento, pues si bien ilumina al alma acerca de su fin y sobre las reglas generales de conducta que debe observar, con todo eso no comunica luz suficiente sobre las aplicaciones especiales de la ley de Dios y sobre el gobierno de la vida. En las diversas situaciones en que podamos hallarnos, en las resoluciones que podamos tomar, es necesario que escuchemos la voz del Espíritu Santo, y esta voz divina llega a nosotros por el don de Consejo. Si queremos escucharla, nos dice lo que debemos hacer y lo que debemos evitar, lo que debemos decir y lo que debemos callar, lo que podemos conservar y lo que debemos renunciar. Por el don de Consejo, el Espíritu Santo obra en nuestra inteligencia, así como por el don de Fortaleza obra en la voluntad.
   Este precioso don tiene su aplicación en toda la vida; pues es necesario que, sin cesar, nos determinemos por un partido o por otro; y debemos estar agradecidos al Espíritu divino al pensar que no nos deja nunca solos si estamos dispuestos a seguir la dirección que El nos señala. ¡Cuántos lazos puede hacernos evitar! ¡Las ilusiones que puede desvanecer en nosotros y las realidades que puede hacer que descubramos! Mas para no desperdiciar sus inspiraciones debemos librarnos de los impulsos naturales que quizás nos determinan muy a menudo; de la temeridad que nos lleva a capricho de la pasión; de la precipitación que pretende que demos nuestro juicio y obremos cuando aún no hemos visto más que un lado de las cosas; en fin, de la indiferencia que hace que nos decidamos al azar, por temor a la fatiga de buscar lo que sería mejor.
   El Espíritu Santo, por el don de Consejo, preserva al hombre de todos estos inconvenientes. Modera la naturaleza, a menudo tan exagerada, cuando no apática. Mantiene el alma atenta a lo verdadero, a lo bueno, a lo que, sin duda, le es más ventajoso. La insinúa esta virtud, que es el complemento y como la salsa de todas las otras; nos referimos a la discreción cuyo secreto tiene El, y por la cual las virtudes se conservan, se armonizan y no degeneran en defectos. Con la dirección del don de Consejo, el cristiano no tiene por qué temer; el Espíritu Santo asume la responsabilidad de todo. ¿Qué importa, pues, que el mundo critique o censure, que se admire o se escandalice? El mundo se cree prudente; mas le falta el don de consejo. De ahí que a menudo las resoluciones tomadas bajo su inspiración tengan un fin distinto del que se había propuesto. Y así tenía que ser; pues, refiriéndose a él, dijo el Señor: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos vuestros caminos"(1).
   Pidamos con toda el ansia de nuestros deseos el don divino, que nos preserva del peligro de gobernarnos a nosotros mismos; mas sepamos que este don no habita sino en aquellos que lo tienen en suficiente estima para renunciarse ante él. Si el Espíritu Santo nos halla libres de ideas mundanas, y convencidos de nuestra fragilidad, se dignará entonces ser nuestro Consejo; del mismo modo que si nos tenemos por prudentes a nuestros propios ojos, apartará su luz y nos dejará solos.
   ¡Oh Espíritu divino!, ¡que nos suceda esto! De sobra sabemos por experiencia que nos es menos ventajoso seguir los azares de la prudencia humana y renunciamos ante ti las pretensiones de nuestro espíritu, tan dispuesto a quedar deslumbrado y hacerse ilusiones. Dígnate conservar y desarrollar en nosotros con toda libertad este don inefable que nos has otorgado en el bautismo: sé siempre nuestro Consejo. "Haz que conozcamos tus caminos, y enséñanos tus senderos. Guíanos en la verdad e instrúyenos; pues de ti nos vendrá la salvación y por esto nos sometemos a tu ley"(2). Sabemos que seremos juzgados de todas nuestras obras y pensamientos; mas sabemos también que no tenemos por qué temer mientras seamos fieles a tus mandamientos. Prestaremos atención "para escuchar lo que nos dice el Señor nuestro Dios"(3), al Espíritu de Consejo, ya nos hable directamente, ya nos remita al órgano que nos ha preparado. ¡Bendito sea Jesús, que nos ha enviado su Espíritu para ser nuestro guía; y bendito sea este divino Espíritu, que se digna asistirnos siempre y al que nuestras pasadas resistencias no han alejado de nosotros!

1. Isaias, LV, 8,
2. Salmo 118.
3. Salmos 83, 9,